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El incierto destino del campo mexicano

POLITEIA

Durante varias décadas, hubo un proceso de transferencia de valor del campo a la ciudad que sustentó la modernización de la sociedad mexicana, apoyó un importante proceso de industrialización, apurando también el paso de una sociedad rural a una sociedad urbana. Lo que ello representó en términos de transferencia de capital puede advertirse hoy en el destino incierto de millones de campesinos y pequeños productores. La ausencia de perspectivas es su rasgo distintivo, y en la agenda pública se incluye de nuevo como prioridad la necesidad de una reforma.

La reforma del campo mexicano fue planteada por el presidente Peña Nieto en Nayarit, a fines del año pasado, luego retomó en Veracruz el tema durante el acto de aniversario de la promulgación de la Ley Agraria de 1915, y en la reunión del Consejo Nacional Agropecuario. Está ahí, en el Plan Nacional de Desarrollo como una de las prioridades y tiene, por supuesto, un detallado programa sectorial con objetivos, estrategias, líneas de acción y metas bastante ambiciosas.

Lo que tenemos ahora, como consecuencia de aquella errónea política que desdibujó por completo las perspectivas del campo mexicano, es una descapitalización, con una tasa de crecimiento muy baja, sin créditos disponibles, inversiones insuficientes y graves problemas de comercialización. Acuerdos, pactos y compromisos entre gobierno y productores, como el Acuerdo Nacional para el Campo, suscrito en 2003, no se han significado por una reorientación de las políticas públicas, y lo que tenemos a la vista es la reproducción de la pobreza y la desigualdad.

El asunto es que propuestas van y propuestas vienen, y el campo mexicano languidece. Ha hecho falta una voluntad real de cambiar las cosas y abrir nuevas perspectivas para un sector que fue el soporte del desarrollo durante muchos años, y que no ha recibido a cambio las inversiones y los bienes duraderos que den cuenta de su contribución a la modernización del país. Ahora se abre una nueva oportunidad de atender los déficit acumulados en esta materia, elevar productividad, mejorar competitividad y aumentar los ingresos de las familias campesinas.

El Foro Regional realizado este jueves en Culiacán se supone que está animado por ese espíritu. El gobernador y presidente de la comisión de modernización del campo, de la Conferencia Nacional de Gobernadores (CONAGO), Mario López Valdez, apuntó que recuperar la rentabilidad, sustentabilidad y productividad del campo es indispensable para reducir la dependencia alimentaria y romper con las asimetrías entre un sector altamente tecnificado que produce para los mercados globales y otro con profundas y extendidas carencias.

Sin embargo, el riesgo es que el campo mexicano siga siendo víctima de élites políticas y económicas extractivas, reproduciendo un modelo de transferencia de riqueza que ahonda las distorsiones estructurales de la economía mexicana. Por eso, tiene mucha razón Alonso Campos Encines, uno de los principales dirigentes de los productores agrícolas del estado, cuando dice que la clave del cambio en el sector, está en la posibilidad de apropiación del valor por parte de los productores directos.

Cualquier estrategia en este campo, para ser verdaderamente progresista y contribuir a la construcción de futuro, debe plantearse esta premisa como punto de partida.

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