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El intelectual y el político

POLIARQUÍA

La charla entre aquel hombre de edad y el joven dirigente del partido había concluido. En otra mesa del Café Miró comenzó una nueva conversación no menos interesante: la de un intelectual con un político.

Eran viejos conocidos. El político había ocupado cualquier cantidad de cargos a lo largo de su vida. El intelectual por su parte había sido un rudo crítico del funcionario. Lo hacía con su columna semanal o a través de declaraciones a los medios. Como suele suceder con ciertos declarantes, lo entrevistaban prácticamente sobre todos los temas. Por años le había cuestionado al político su actuar y sus omisiones. Su discurso y sus modos. Su mediocridad.

El político. Tantos años y hasta hoy se nos ocurre sentarnos a platicar. Dije en casa que vendría contigo. Te mentiría si te dijera que te mandaron saludar.

El intelectual. En este país la crítica incomoda más de lo que uno cree. Hay una tradición de intolerancia. No espero que me digas cosas amables después de lo que he escrito y dicho de ti. Debes entender que nosotros sólo interpretamos el sentir de la sociedad.

El político. ¿En verdad lo crees? ¿No se te hace muy arrogante decir que hablas en nombre de la sociedad? ¿Alguien te dio ese nombramiento? ¿Tú le preguntas a la sociedad qué es lo que siente y luego lo escribes? ¿Por qué te escudas en la sociedad? ¿Tienes miedo a hablar en nombre propio? ¿Así de inseguro te sientes?

El intelectual. Disimulas mal tu intolerancia. Ese es el problema de los políticos. No soportan que se les cuestione. No les gusta oír lo que está fuera de su zona de confort. Fuera de los halagos de su círculo íntimo o de sus porras. Deben entender que hay otro mundo que ustedes muchas veces no ven. Que no quieren ver.

El político. Hablas de mi zona de confort. ¿Y la tuya? Al menos yo me juego el puesto en cada decisión. En cada declaración a los medios. En cada error u omisión que comete uno de mis colaboradores. ¿Y tú? ¿Qué riesgo corres? Tienes tu tiempo completo, es decir tu salario seguro en la universidad. Desde tu cubículo o desde tu periódico puedes decir casi lo que sea sin consecuencias. Así se puede ser valiente sin mucho esfuerzo.

El intelectual. Cada quien juega su papel. Creo que estas minimizando mi profesión. No conoces la importancia que tiene nuestra opinión. Podrás decir muchas cosas pero tengo más credibilidad que tú. Es decir, me creen más que a ti. Yo no tengo la culpa de que la política sea una actividad tan desprestigiada.

El político. Percibo un tufillo de desprecio contra quienes trabajamos en el gobierno. Lo entendería de los ciudadanos que han sido víctimas de los malos servidores públicos, pero ¿no es el papel de los intelectuales ser más objetivos y con ello orientar de manera más objetiva a la gente? ¿Por qué se sienten moralmente superiores a nosotros? ¿Qué los hace sentirse mejores?

El intelectual. ¡Ahora resulta que las víctimas de la crítica injusta son ustedes y que nosotros, los que no tenemos poder, no sabemos valorar sus esfuerzos ni los servicios a la patria!

El político. Me parece el tuyo un sarcasmo de mal gusto.

El intelectual. Creía que para ser político se necesitaba tener piel dura, pero ya veo que no es así. Un político tiene que ser ante todo un ser tolerante. Con el talento para evadir con elegancia a necios como yo. Advierto que tú estás enojado y eso va en contra de la naturaleza del político.

El político. Un político no puede ser alguien exento de pasiones. A nadie le gustaría leer o escuchar lo que tú has referido de mi persona. Te sientes con licencia para ofender. ¿Te has preguntado qué piensan tus alumnos de ti? ¿O tus lectores? ¿O te sientes tan bueno como para no ser evaluado?

La conversación se prolongó al menos una hora más. En momentos subió de tono y luego tuvo sus pausas. Hubo hasta palabras amables. Se despidieron cordialmente con la promesa de que se verían pronto. Ambos sabían que no era cierto.

[email protected] twitter: @guadalupe2003