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El invento gringo de los 100 días

POLITEIA

Tenemos una clase política poco imaginativa, muy dada a la imitación de modelos y prácticas que les parecen atractivas. Algunas de ellas no tienen nada que ver con nuestra realidad, pero los gobernantes han adquirido la mala costumbre de asumirlas como una responsabilidad institucional insoslayable, y hasta se muestran dispuestos a la "rendición de cuentas", aunque ello no se haga ante las instancias que correspondan.

Me refiero al famoso plan de los 100 días. Gobiernos de todos los ámbitos se afanan en preparar un listado de acciones para demostrar que tienen la iniciativa, definen la agenda, movilizan a la sociedad y saben lo que quieren hacer en sus comunidades. Se supone que los tal 100 días representan la duración de la "luna de miel" de los ciudadanos con sus gobernantes, es el beneficio de la duda que se les concede al iniciar sus funciones o el periodo de gracia en el que tienen que demostrar de qué pasta están hechos.

Y ellos mismos se ponen un listón bastante alto. Al fin y al cabo, prometer no empobrece. Así deben haber pensado nuestros alcaldes que hoy cumplen el centenar de jornadas al frente de sus municipios, sin que se sepa hayan impulsado las grandes iniciativas, movilizado a sus ciudadanos o iniciado trascendentales obras. No. Nada de eso. Han hecho lo que normalmente hacen o deben hacer, y para lo cual no se requiere ningún plan, sino simple y sencillamente voluntad y responsabilidad.

Diría, más bien, que ha ocurrido lo contrario: lo que hemos tenido en estos 100 días son alcaldes "lloricosos" que insisten en la coartada de las finanzas municipales en quiebra para no hacer nada de lo prometido en el arranque de sus administraciones, o que quieren presentar como las grandes realizaciones cosas sencillas o elementales a las que de acuerdo con la ley están obligados. Todo se ha ido en sainetes, en amenazas, en acciones y/o declaraciones desafortunadas.

Lo de los 100 días no tiene nada que ver con ninguna ley, ninguna norma nacional o estatal. Es un invento gringo. Es una creación de Franklin D. Roosevelt, quien al asumir la presidencia de los Estados Unidos en 1933 propuso a sus ciudadanos abordar en ese plazo los grandes desafíos sociales y materiales de una sociedad desarticulada por la gran crisis que había estallado en octubre de 1929 y que amenazó con barrer desde sus cimientos el esplendor y la grandeza del imperio.

Ahí se justificaba. Desempleo, cientos de miles de empresas en quiebra, profundización y extensión de la pobreza sin precedentes, la necesidad de reactivar una economía sumida en la crisis, la urgencia de inversión para dinamizar la obra pública, reforma inmediata del sistema financiero, entre otros grandes temas, marcaron esos días iniciales de gestión. Se trataba de acciones de muy corto plazo sin más propósito que recuperar la confianza perdida o hacer renacer la esperanza en las bondades y virtudes del sistema.

Por supuesto que muchos de esos propósitos no se lograron en sólo 100 días. Pero movilizaron a una sociedad deseosa de recuperar la fe y la confianza. Hubo que esperar a la Segunda Guerra Mundial para reactivar una economía deprimida.

Había entonces una épica discursiva que daba legitimidad a esos propósitos. Entre nosotros, aquí y ahora, esos planes son presentados con un aire burocrático como para salir del paso. Y no pasa nada.

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