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El ocioso quehacer de la FIFA de Blatter

POLITEIA

Ahora resulta que nuestra recién descubierta aplanadora futbolística capaz de plantarle cara al más pintado, corre el riesgo de ser sancionada por la burocracia de pantalón largo, esto es, por la mafia que controla la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA), todo a causa de los malhablados mexicanos que han llevado a Brasil como uno de los productos de exportación una palabra algo altisonante, y que denotaría, según los castos oídos, valores y conductas de los "fifos", comportamientos homofóbicos.

Quiero decir que en materia de "malas" palabras no soy un persignado, y me parece que los mafiosos más bien se asumen como miembros de una pía sociedad de sociedades pías, que de un organismo que gestiona para sus intereses el negocio de la manipulación de los sentimientos de la masa. Todo esto es un auténtico despropósito, y no hacen sino revolver churrras con merinas al conferir el mismo rango a ese grito con los comportamientos racistas y xenófobos que se ven, por ejemplo, en los estadios europeos.

La palabreja en cuestión es polisémica, es decir, tiene una pluralidad de significados. Uno de ellos es sin duda el homofóbico, y probablemente cuando se grita por la masa en los estadios tenga una importante carga en tal sentido. Otro sentido, y es el que más insisten sus defensores, es de cobardía del jugador al que va dirigida la invectiva, en este caso al portero, y en entre más fuerte sea, mejor, para hacerle sentir el peso de la multitud.

Sin embargo, soy de la idea de que, más que actitud homofóbica, el grito es expresión de una estulticia colectiva, de una cultura cívica muy empobrecida en sus valores, a través del cual la masa quiere expresar su autonomía frente a formas de dominación impuestas por la reproducción ampliada de las relaciones de poder. No es otro, creo, el sentido del grito en los estadios que, según se pudo advertir, no es privativo de los hombres, sino que también lo han hecho suyo muchas mujeres.

El grito, entonces, llegó para quedarse. No solamente ha colonizado ya todos los estadios de México –y de Estados Unidos--, sino que ya adquirió carta de naturalización en la Copa del Mundo, y, para enojo de los mexicanos, lo cual es muy divertido, lo han hecho suya los brasileños, palabra que pronunciada con ese acento portugués, se convirtió en un verdadero xingamento para los seguidores de la verde, que a su vez, respondieron con un lenguaje todavía más florido, sacando lustre a todo el repertorio.

La palabrita no es nueva en los estadios. Es más, va para una década. Necesitaba, si acaso, de una vitrina como el Mundial para convertirse en viral. Por eso, si la FIFA insiste en volver a los espectadores seres políticamente correctos, va camino de un fracaso estrepitoso. Ninguna amenaza de castigo, incluso, ningún castigo, va a hacer que la colectividad que se forma en los estadios, renuncie a una manifestación de cultura que es su propia identidad.

El escritor Guillermo Sheridan escribió sobre el uso de la palabrita lo siguiente: "Todo estadio establece un orden social alternativo (o un desorden, lo que ocurra primero)… durante 90 minutos la multitud se arroga el derecho y hasta la obligación de cebar sus frustraciones en la imagen del otro, el diferente. Masa es poder, claro, pero en el estadio es un poder absoluto, más que en la plaza pública, pues sus recompensas son comprobables e inmediatas".

Concluyo compartiendo con ustedes la pregunta que se hace Sheridan: Y cuando juegue la selección femenil de futbol, ¿le gritarán… a la extraña portera enemiga?

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