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El pabellón de la patria

Uno de los pabellones que más llamó la atención durante la Exposición Universal de París 1900 fue el pabellón mexicano. Esto lo sabemos gracias al espléndido y muy acucioso reporte de Sebastián B. de Mier, Comisario General en la Exposición de París y Ministro Plenipotenciario de México en la Gran Bretaña, publicado en 1904.

El pabellón de México construido en una extensión de 1,350 metros (formado por 14 columnas jónicas que sostenían el piso superior y una balaustrada de estilo griego) entre el Puente de Alma y los Inválidos, estaba en un lugar privilegiado, tenía como cortina de fondo, nada menos que a la Torre Eiffel terminada en 1889. No obstante se encontraron con enormes dificultades en lo que se refiere a la arquitectura del mismo pabellón: "(...) hasta hoy, en México, no se puede señalar un solo edificio de arquitectura enteramente nacional". De Mier lamenta que nada más hubiera habido un solo arquitecto mexicano que habría logrado, por su genio artístico, imponerse sobre los demás: Rodríguez Arangoiti, quien para entonces ya había muerto. Tuvieron que recurrir a los Arquitectos de las Instalaciones Generales, encabezados por el señor Picard, quien entendiera perfectamente el proyecto presentado, anteriormente, al Palacio de los Ejércitos de Mar y Tierra, edificio que se encontraba al lado del pabellón mexicano.

El que estaba muy al pendiente de todo el proceso del edificio de México era Yves Limantour, quien entonces estaba en el Congreso, de hecho él conocía todas las bases a los que estaban sujetos los constructores de los pabellones. El diputado sabía que las obras deberían ser terminadas el 31 de enero de 1900; él sabía que en caso de que el pabellón no estuviera completamente terminado, sin causa justificada, el contratista debería de pagar una multa de 500 francos por cada día de retraso a la entrega, a partir de esta fecha. Y él sabía que una vez terminada la Exposición habría que derruir el edificio en su totalidad: "(...) esos materiales decorativos, aplicados con tanto cuidado, vienen al suelo a los pocos golpes de piqueta, convirtiéndose en escombros, no solo desprovistos de valor, sino onerosos, pues hay que pagar su arrastre fuera del recinto de la Exposición". Resultaba más barato cederle los escombros al contratista que cubrir los gastos de transporte. A pesar de lo estipulado en el contrato "retrasaron su terminación hasta el 14 de abril, sin que pudiese exigirse por ello responsabilidad alguna ni al contratista ni a nuestro arquitecto". Es decir que inauguraron, a las carreras y con muchas presiones, el pabellón de nuestro país el mero día de la apertura de la Exposición. En otras palabras se pagó una multa 37,500 francos (cerca de lo que costó nuestra estela de luz (1,300 millones de pesos).

A partir del momento en que nuestro pabellón se iluminó con muchos foquitos a lo largo y ancho del pabellón y a 1000 lámparas Glow cuyo reflejo daba un tono plateado, el cual nunca dejó de brillar gracias a las dos máquinas de electricidad, al señor De Mier se le olvidó lo elevado de la multa. Finalmente el "pabellón de la patria" fue visitado por millones de turistas. Todos querían ver la magnífica colección de insectos, la numerosa variedad de granos y semillas, los tejidos de Orizaba y de San Idelfonso, los alcoholes, vinos y cervezas "Cuauhtémoc" y "Moctezuma"; deseaban admirar los tejidos y bordados femeninos, las pieles salvajes, la minería y metalurgia, los hilados y tejidos de algodón, lana seda, henequén, yute y otras fibras; la industria química, los cigarros del "Buen Tono", pero sobre todo, los puros que de lejos superaron a los cubanos. "En punto a tabacos la posición de México se afirmó como una de las más brillantes de todo el mundo". De allí que el pabellón hubiera ganado 33 Grandes Premios, 114 medallas de oro, 242 de plata, 342 de bronce y 357 menciones honoríficas.

Las fiestas de nuestro pabellón fueron espléndidas. A ellas asistió toda la comunidad mexicana, además de las altas autoridades francesas. "La fiesta inaugural de nuestro Pabellón fue singularmente brillante (hubo muchos fuegos artificiales) y cordial. Hubo una excelente orquesta, la cual empezó tocando la Marcha Porfirio Díaz. Después se cantó el Himno Nacional y la Marsellesa".

Cuando en el mes de octubre, se presentó al pabellón mexicano, el presidente de la República Francesa, Emile Loubet, al ver tantos objetos tan exóticos e interesantes, le estrechó la mano a De Mier, y le dijo mientras se atusaba el bigote: "Bravo, monsieur De Mier! Le Mexique est un grand pays!".

Para pagar todo lo anterior, salió del erario de México la fabulosa cantidad de 1'186,301.50 francos.

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