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El político taimado

SAPIENZA

Su nombre se menciona unas cuantas veces, pero es quizás el más culpable de todos dado que era él quien ejercía el poder tras bambalinas. Esto no significa restar culpabilidad al resto de quienes participaron en aquel crimen, pues lo único que verdaderamente uno posee es la responsabilidad sin importar hasta qué grado se haya participado en la ilegalidad. Fue él quien azuzó la turba —simples marionetas— y cuando Pilato dio la opción de liberar al preso, probablemente fue quien gritó: "Si a este sueltas no eres amigo del César". Era Anás, el suegro de Caifás. Durante mucho tiempo había ejercido el control del templo y se beneficiaba con la venta de animales para el sacrificio sagrado. Era un político taimado y audaz, que una vez que alcanzó el poder tuvo como única preocupación conservarlo a toda costa y a costa de todos. Era demasiado poderoso y sin embargo se preocupaba por un simple carpintero que, al recorrer los caminos predicando el reino de Dios, ponía en peligro no sólo su prestigio, sino su poder y su honor. Quizá en su juventud Anás ingresó al templo con el deseo de servir, mas ahora que los años pesaban sobre sus hombros lo único que le importaba eran el poder y el dinero. Tal vez mordió de rabia sus labios cuando aquel carpintero entró al templo y derrumbó las mesas e hizo correr a los mercaderes al tiempo que gritaba: "Mi casa ha de ser llamada casa de oración y ustedes la han hecho cueva de ladrones". En otras ocasiones Anás seguramente estuvo presente cuando los rabinos —avergonzados— no supieron qué responder al confrontar al carpintero buscando encontrarle alguna falta. Ahora esto era demasiado, el negocio del templo podría venirse a pique y con ello Anás. Por eso utilizó a Judas y azuzó la turba para confrontar a Pilato y exigir una muerte con la que Pilato no estuvo de acuerdo, aunque sí permitió. El nombre de Anás no tiene el grado de estigma que merece y a menudo se pierde en el narrar del relato, pero sus acciones trascienden la historia porque al azuzar la nación judía para la crucifixión de un justo trajo maldición sobre ella. Hasta hoy retumban las palabras que la turba le gritó a Pilato sobre este justo: "Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos", porque hasta el día de hoy no hay paz en Israel. Anás es culpable de todo ello y mucho más.