Opinión

El salario mínimo de la dignidad

POLITEIA
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Por: César Velázquez

Hace ya una buena ristra de años, nos reuníamos a conversar en el patio de la casa del poeta y profeta Luis F. González, un nutrido grupo de amigos entre los que recuerdo como más asiduos a José Antonio Gómez Sarabia, Liberato Terán Olguín, Lorenzo Q. Terán, Melchor Inzunza, Sergio Salazar Trapero, y por supuesto el poeta Juan Eulogio Guerra Aguiluz, con la consigna "Hasta tumbar la pared". De esa época data su poema cuyo título –creo que ese era--, he pedido prestado para encabezar esta columna.

Hace poco más de cuatro décadas, el poeta reclamaba el salario mínimo de la dignidad. En ese largo periodo de la historia mexicana, ha venido produciéndose en el país un imparable proceso de concentración de la riqueza. La parte del ingreso nacional que corresponde a la masa salarial es cada vez menor, mientras que, inversamente, crece la masa de beneficios que corresponde al capital. Lo hemos visto: el salario que exigía Guerra era una utopía: el salario mínimo en ese transcurso ha perdido alrededor del 70 por ciento de su poder adquisitivo.

De ahí está sociedad profundamente desigual que, en otra utopía, los sentimientos de la nación, se proponía desde los años fundacionales del Estado-Nación en México, moderar opulencia e indigencia. A casi 200 años de aquella proclama, poco es lo que ha cambiado. Antes, al contrario: la sociedad se ha fracturado, y un salario digno que debería contribuir a la cohesión social y a compartir un discurso, una visión, un código de interpretación de nuestra realidad, ha quedado en una esperanza vana.

El país, la economía, no despegan. El mercado interno se ralentiza, la demanda pierde brío. Ahora, la apuesta está en las "reformas en acción", pero no se advierte un cambio profundo en este modelo concentrador y excluyente del ingreso que atempere la desigualdad extrema y frene la pobreza. Siempre hemos querido explicar la crisis como consecuencia de la sobreproducción que no encuentra realización en el mercado, pero no descartemos entonces que la que puede venir sea una crisis de subconsumo masivo.

En el fondo de todo esto subyace un problema básico: la ausencia de un salario mínimo de dignidad. De ahí que, con buen olfato político, el gobierno del Distrito Federal haya lanzado y logrado colocar en la agenda pública, el tema del salario mínimo. No ha hecho sino recoger un asunto que desde hace tiempo está en la agenda pública estadounidense impulsada por el presidente Obama y los grupos vinculados al Partido Demócrata, claro, todo ello con la oposición radical de los conservadores.

El asunto nos atañe. Sinaloa es, de acuerdo con información pública e investigaciones especializadas, una de las entidades federativas en las que se pagan los salarios más bajos del país. En esas condiciones, es difícil que prenda el mercado interno como motor del crecimiento.

No tenemos tampoco una clase empresarial formada en un auténtico ethos capitalista, pues ya sabemos que los grupos oligárquicos con más peso específico en la economía no basan su riqueza en el cambio y la innovación, sino en la superexplotación del trabajo con salarios bajos.

Por eso, sería muy bueno seguir de cerca la iniciativa de Miguel Mancera, que no es, tampoco, cosa del otro mundo, pero que enfrenta la firme oposición de sectores en el gobierno federal y, por supuesto, el rechazo de las corporaciones empresariales.

Habría que aprender a escuchar el rumor de la historia. ¿Quién dijo: "por el bien de todos, primero los pobres?".

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