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El santo cómplice

La canonización de papa Juan Pablo II es un insulto y una afrenta para las miles de víctimas de abuso sexual por parte de sacerdotes católicos durante su papado (1978-2005). Este nuevo "santo" ocultó y protegió a violadores sexuales de niños dentro de la Iglesia Católica. Pudo haber evitado muchísimos crímenes pero decidió no hacerlo.

Es muy difícil de entender la motivación del nuevo papa Francisco al consumar la ceremonia de canonización de Juan Pablo II este 27 de abril. Hacer santo a un cómplice de tantos delitos no tiene nada de revolucionario. En este asunto el papa Francisco ha sido muy tibio; no se ha atrevido a pasar de las palabras a acciones concretas.

No basta que hace sólo unos días el papa Francisco haya asumido la responsabilidad por esta terrible crisis moral dentro de la Iglesia. En una reunión reciente en el Vaticano, el Pontífice dijo: "Debo asumir la responsabilidad y pedir perdón por los daños que ellos han causado con el abuso sexual de niños. La Iglesia está al tanto de este daño. Es su propio daño personal y moral, pero son hombres de la Iglesia". Lo que le faltó fue decir que entregaría a las autoridades civiles a los criminales sexuales que aún hay vestidos de sotana y que va a dejar de proteger a delincuentes. No se atrevió. Tampoco se atrevió a decir la verdad sobre Juan Pablo II.

A Juan Pablo II lo hacen santo por, supuestamente, realizar dos milagros: curar de Parkinson's a una monja francesa y de un aneurisma cerebral a una costarricense. Ellas dicen que le rezaron y que él, ya muerto, las curó. Lástima que en vida Juan Pablo II no se preocupó tanto de los niños que violó su amigo y confidente, Marcial Maciel, el fundador de los Legionarios de Cristo. O de otros miles de menores de edad que fueron abusados sexualmente y con plena impunidad durante sus 27 años de pontificado.

¿Cómo puede ser santo alguien que permite esto?

Lo verdaderamente revolucionario por parte del papa Francisco hubiera sido ser congruente con sus palabras -"la Iglesia está al tanto de este daño"- y detener la canonización del principal cómplice de estos crímenes. Es imposible suponer que la política institucional de la Iglesia de proteger y encubrir a sacerdotes violadores ocurrió a espaldas de Juan Pablo II.

Además de los cientos de testimonios de las víctimas, hay innumerables evidencias de estos hechos. La Prensa Asociada reportó que ya desde 1948 el Vaticano tenía denuncias contra Marcial Maciel. El exsacerdote Alberto Athie me dijo, en una entrevista por Univision, que desde 1999 él había denunciado a Maciel a la Santa Sede, pero que no le hicieron nada por su cercanía al papa Juan Pablo II. Y un reporte de Naciones Unidas en febrero critica la política de encubrimiento de la Iglesia Católica y le pide abrir sus archivos y entregar a los sacerdotes pederastas a las autoridades civiles.

Juan Pablo II, claramente, se puso del lado de los violadores y no de las víctimas. Entiendo que rezar es una cuestión de fe, algo que claramente no tengo. Pero no puedo imaginar que alguien le rece a una persona que, indirectamente, permitió que se destruyeran las vidas de tantos niños.

Sí, Juan Pablo II era muy carismático, extendió el alcance de la Iglesia y contribuyó a la caída del comunismo. Pero uno de los temas centrales de su papado -la protección de niños de abuso sexual- fue un verdadero y vergonzoso fracaso.

Quiero creer que el papa Francisco conoce de verdad el terrible legado de abuso sexual que dejó Juan Pablo II -hay miles de casos y pruebas penales- y que prefirió no enfrentar por ahora esa bronca.

Claro, en el Vaticano también hay politiquería. Aunque sospecho que tarde o temprano le morderá (y remorderá) su evidente tibieza en este crucial asunto. El papa Francisco, quiero creer, jamás guardaría el silencio criminal que mantuvo Juan Pablo II. La infalibilidad papal es un chiste. Juan Pablo II se equivocó al proteger a criminales y el papa Francisco también al hacerlo santo. ¿Santo? No.

Juan Pablo II será recordado por los miles de víctimas de abuso por parte de sacerdotes como el santo cómplice de los violadores sexuales.

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