Opinión

Emerge Vizcarra como máxima figura del Primor en Sinaloa

EL ANCLA

Por  Luis Enrique Ramírez

Nadie lo admite públicamente, pero al interior de las filas del partido Morena existe y se mueve con singular fuerza una corriente de admiración y, claro, de aceptación hacia el empresario (priista, hasta que confiese lo contrario) Jesús Vizcarra Calderón.

Más aún: el poderoso dueño de SuKarne apoya con recursos financieros los más relevantes proyectos políticos de Morena, como son en este momento los de sus amigos Jaime Bonilla Valdez y Rubén Rocha Moya, aspirantes a gobernadores de Baja California y Sinaloa, respectivamente.

En nuestro estado falta un buen trecho para definir el panorama electoral, pero en tierra cachanilla las votaciones ya están a la vuelta de la esquina: se llevarán a cabo el 2 de junio próximo, al igual que en Aguascalientes, Durango, Quintana Roo, Tamaulipas y Puebla.

En Baja California están en juego la gubernatura, los cinco ayuntamientos, 17 diputaciones locales de mayoría y ocho plurinominales.

Es importante subrayar el amplísimo campo de influencia de Jesús Vizcarra en aquella entidad no solo por las grandes inversiones que ha llevado desde hace años, sino por la activa participación en política de su hermano, Marco Antonio Vizcarra Calderón, quien fue diputado local y es creador y cabeza del Partido Estatal de Baja California.

Para centrarnos en Sinaloa, un hecho es indiscutible: Jesús Vizcarra Calderón es el único personaje que, después de casi una década sin ser candidato a cargo alguno, mantiene un nivel de popularidad que bien podríamos denominar voto duro; una estructura electoral no formal, pero sí de facto. Es decir, posee la insólita capacidad de influir, con solo mover un dedo, en el comportamiento de las urnas en cualquier elección.

ALTA HIPOCRESÍA. Hombre de luces y sombras, sin embargo, Vizcarra emplea ese valioso capital político de manera soterrada a partir del proceso electoral del año pasado. 

Cierto, la deslealtad y el doble discurso habían sido lo más ajeno a su personalidad hasta entonces; pero hoy no podemos decir lo mismo. 

Existen los suficientes datos para asegurar que en la elección presidencial del 2018 acompañaba en sus actos públicos al candidato del PRI, José Antonio Meade; mientras por debajo operaba políticamente y con fuertes cantidades de dinero en favor de Andrés Manuel López Obrador y de Rubén Rocha Moya.

Una corriente de gratitud, reconocimiento y, por supuesto, de intereses muy focalizados en el tema del dinero fluye desde entonces entre un buen número de morenistas: los pragmáticos, como Graciela Domínguez, Feliciano Castro y Yadira Marcos; así como todos aquellos que, según la leyenda urbana, «pegan con la mano izquierda y cobran con la derecha». Del otro lado están los morenistas «duros», como Imelda Castro, Merary Villegas y Luis Guillermo «Químico» Benítez, liderazgos influyentes en las bases partidistas, para quienes sería una traición a sus principios pactar con figuras señaladamente priistas, que representan todo aquello por lo que han luchado. Vizcarra, por ejemplo.

Por otra parte, no es seguro que todos aquellos priistas que hoy simpatizan con Jesús Vizcarra se vayan a Morena de modo mecánico, solo porque él lo ordene. 

Aunque usted no lo crea, en el PRI sobrevive con admirable fortaleza una mayoría de militantes marcados por lo que se conoce como «hueso colorado»: se impone en su naturaleza una suerte de carga genética que los hace descartar toda posibilidad de cambiar de siglas partidistas. Son los que se mantuvieron fieles al PRI en 2010 y lo harán de nuevo en 2021, a costa de lo que sea. 

En conclusión, digamos que el Primor no las tiene todas consigo en el caso de Sinaloa, ni siquiera con Vizcarra como figura preponderante.

El escenario electoral del 2021 en nuestro estado, pues, es todavía de pronóstico reservado.