Opinión

En el alucine

Por: Agustí­n Galván

Hace algunos años, Nicolas Cage (1964, Long Beach) era uno de esos raros actores que daban nota ya fuera por dar una actuación digna de un Óscar (Adiós a las Vegas) o, mínimo, de una nominación (El Ladrón de orquídeas); que por protagonizar uno de los blockbusters veraniegos del año en turno (La Roca, Con air: riesgo en el aire, La leyenda del tesoro perdido). También la daba por ser el protagonista de alguna película dirigida por uno de esos directores a los que no les queda grande el mote de “clásicos modernos” (Educando a Arizona, de los hermanos Coen; Salvaje de corazón, de David Lynch; Ojos de serpiente, de Brian de Palma; Vidas al límite, de Martin Scorsese; Enemigo interno, de Werner Herzog), que por confesar en una entrevista que despilfarró parte de su fortuna en una serie de excentricidades. Cierto, desde hace algunos años su rostro es tanto la carta de presentación de varias películas que se han ido directo a formatos caseros o que fracasan en taquilla, que de innumerables “memes” que se comparten en esa red social de su preferencia.

Lo interesante con este hombre, es que cada tanto da la sorpresa de aparecer en una película en la que se explota a la perfección sus visajes, sus posturas y sus excesos. Y en esta ocasión, esta película es Mandy (2018, Estados Unidos y Bélgica), alucinado revenge movie dirigido por Panos Cosmatos (1974, Roma), y escrito por Aaron Stewart-Ahn y el propio Cosmatos.

Estamos, para variar, en 1983 y Cage es Red, un taciturno leñador que vive en una idílica cabaña ubicada en algún lugar de las llamadas Shadow Mountains con el amor de su vida, Mandy (Andrea Riseborough). Ella es una dibujante aficionada a la lectura de novelas de fantasía y ciencia ficción que, desgraciadamente, un día atrae la atención de Jeremiah (Linus Roache), el líder de un culto satánico llamado Los Hijos del Nuevo Amanecer. Decidido a que Mandy forme parte de su culto, Jeremiah manda, literal, a tres demonios en motocicleta para que la rapten. El ataque deja a Red sin el amor de su vida y sin cordura. Ahora, impulsado por la furia, la botella de vodka que se bebe casi de un trago y las drogas que va consumiendo, Red se convierte en una suerte de caballero andante armado con un hacha y una sierra eléctrica, y con un solo objetivo: acabar con todos los Hijos del Nuevo Amanecer. Y qué importa que ellos le manden algún demonio. Para todos tiene.

La anterior cinta de Cosmatos, Beyond the Black Rainbow, cuya trama también ocurre en 1983, se estrenó en el 2010. En aquella película nos quedó claro que estábamos ante un realizador con una visión definida de lo que entendía como cine: la trama avanza lenta, tomándose su tiempo; todo es estridente y colorido al grado de que resulta perturbador, y la lógica poco tiene que ver en cuanto a las acciones de sus personajes o los giros de la trama. Tanto esa primera cinta como Mandy llegan a parecer alucinaciones más que películas, y ese es su encanto. Mandy es un descenso a un Hades que no es de este mundo, una macabra reflexión sobre la pérdida y la negación de la misma, acompañada por la última banda sonora compuesta por Jóhan Jóhansson y, como plus, de la mano de un inspirado (y desatado) Nicolas Cage. ¿En serio se puede pedir más?