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Opinión

En los márgenes

Por: Agustí­n Galván

Ely (Mora Arenillas) tiene 17 años. Vive con su madre (Mara Bestelli), que ni trabaja ni sale de su casa (o de su cama) por ser víctima de depresión. Dicha depresión la hizo perder su trabajo. Por ello a Ely le toca ser la proveedora: tras sus clases de secundaria (que, por cierto, solo consiguen aburrirla), trabaja en una veterinaria. Y bueno, ese trabajo también la aburre.

Sin que se den explicaciones, no tardamos en enteramos que entre tras la jornada, Ely y el hijo del dueño de la veterinaria, Raúl (Diego Cremonesi), que es mayor que ella y está casado, mantienen una relación. Y, bueno, dicha relación también la aburre.

Ely no tarda en descubrir que espera un hijo de Raúl, así que no lo piensa dos veces y decide abortar. El problema es que vive en Argentina, un país en el que, como tantos otros, el aborto no solo está prohibido sino que es un delito que se castiga con cárcel. Por ello Ely recorrerá desde clínicas tanto legales como ilegales, y tratará de entenderse con empleados de farmacias con tal de obtener los medicamentos controlados que necesita para cumplir su fin. Todo ello dejando en claro las penurias que debe pasar una mujer que por alguna razón quiera detener su embarazo.
A pesar de su trama, Invisible (2017, Argentina y Francia), película escrita por María Laura Gargarella y por Pablo Giorgelli, y segundo largometraje dirigido por el galardonado Giorgelli (entre otros premios, Cámara de Oro en el Festival de Cannes en el 2011); no debe confundirse con una película comprometida con alguna causa social o política. Cierto, actualmente en Argentina se está debatiendo férreamente la posibilidad de despenalizar el aborto y eso ha dividido a la sociedad. También cierto, en días pasados dicho debate alcanzó un punto álgido cuando el congreso argentino vetó una ley para despenalizar el aborto a pesar de las multitudinarias manifestaciones a favor de dicha ley tanto locales como internacionales. Sin embargo, como se suele decir por ahí: “cualquier parecido con la realidad es culpa de la realidad.”

Invisible toma como punto de partida el hecho de que una joven de 17 años se enfrenta con una experiencia que trastoca su mundo, para mostrarnos precisamente cómo es que una adolescente de clase media que no cuenta ni con el apoyo materno, ni con una figura paterna, ni la solvencia económica, ni el apoyo de alguna institución, ni la asistencia social que necesita, y, vaya, ni con el respaldo de alguna pareja sentimental; comenzará a reevaluar su forma de ver y entender al mundo que le rodea. Y todo eso es narrado por Giorgelli desde una perspectiva austera: ni se cuestiona las acciones que emprende Ely, ni se moralizan sus indecisiones. La cámara de Diego Poleri la sigue vaya a donde vaya, a veces de cerca y a veces de lejos, y en la pista de audio no hay más que sonidos ambientales, diálogos y música diegética. Podríamos llamar a todo eso naturalismo. Y al hacerlo la hermanaríamos, digamos, con su debut como director de Giorgelli: Las Acacias (2011). Sin embargo, tanto por su temática como por sus alcances, lo que presenciamos con Invisible es la consolidación de Pablo Giorgelli como un cineasta que parece tomar al pie de la letra lo dicho por Juan Ramón Jiménez: “Si os dan papel pautado, escribid en los márgenes”.