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¿En qué país estamos, Agripina?

POLITEIA

A esta pregunta rulfiana es posible ensayar muchas respuestas. Adoptemos para los efectos de la columna de hoy, la siguiente: estamos en un país en el que un triunfo invita a la parranda, y una derrota convoca a un funeral, según la definición de la periodista Verónica Calderón.

Y lo del martes, que no fue una ni otra cosa, es sin embargo lo más parecido a una victoria. Estamos en materia futbolística tan acostumbrados a los desastres de último momento, que haber alcanzado la otra orilla sin morir en el intento es una gesta épica que ha de pasar a los anales de la historia.

Pero, bueno, como diría Vujadin Boskov, "futbol es futbol"; "el futbol es imprevisible porque todos partidos empiezan cero a cero"; "ganar es mejor que empatar, y empatar es mejor que perder"; perder es mejor que descender"; "es mejor perder un partido por nueve goles que nueve partidos por un gol; "punto es punto", y "penalti es cuando árbitro pita". Toda esta sabiduría condensada podemos aplicarla a ese encuentro de ayer que debería, en serio, ser un parteaguas en el balompié mexicano.

Es cierto que Brasil es tan sólo un equipo industrioso con alguno que otro destello de la grandeza del pasado, pero eso no le quita ningún mérito a la Selección Mexicana. La vieja frase de que "se jugó como nunca y se perdió como siempre", parece quedar en el arcón de los recuerdos, al tiempo que se inaugura una nueva época en la que, por supuesto, se habrá de ganar y perder, pero a partir de una propuesta, de un estilo y de un discurso que no teme a los demonios y fantasmas que durante décadas le han acompañado.

Uno de nuestros grandes escritores contemporáneos, Juan Villoro, lo expresó de manera magistral: la suerte nos ha dado tantas veces la espalda que nos debe una recompensa. Es cierto también que, aunque la andadura es breve, no parece el destino dispuesto para un nuevo sacrificio azteca. Hay un cambio, que es protagonizado por jugadores que hasta no hace mucho veíamos con desconfianza por su mediocre desempeño, y en quienes hoy están depositadas muchas de nuestras esperanzas.

Ya nos dieron una cal, ojalá y no nos den una de arena, escribí a propósito del triunfo sobre los llamados leones indomables y del siguiente encuentro contra Brasil. Pues no, nos han dado otra de cal, y pueden darnos una más el próximo lunes, cuando enfrenten a Croacia, una selección que recoge y encarna las más puras esencias desprendidas de la balcanización de la antigua Yugoslavia.

Ya habrá tiempo para preguntarse las razones de esta profunda mutación. El paso por esta zona fantasma, de la Sub 17 y la Sub 21 e, incluso, de la Olímpica a la Selección mayor, nos dejaba una especie de Doctor Jekyll transmutado en Mister Hyde, y que ahora, con un entrenador más proclive a la testosterona que a la neurona, era el presagio de una catástrofe inminente.

Pero la catástrofe ha sido conjurada. Por lo pronto. Y eso es lo que hay que celebrar. ¿Qué es lo que ha pasado en unos cuantos días? ¡Quién sabe! Ya después habrá tiempo de darle vueltas al cacumen.

Y ya que me he puesto tan sabroso con la Selección, pidámosle otra gesta, una nueva convocatoria a la épica para llegar al cuarto partido, y si ha de morir, que sea jugando. Como diría el poeta: de cara al sol, y con el pecho al descubierto.

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