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En un (frío) mundo infeliz

PISTA DE DESPEGUE

Fue John Stuart Mill el que, a finales del siglo XIX, empleó por vez primera el término distopía.

Construida en base a dos palabras provenientes del griego antiguo: dis o malo y tópos o lugar, la distopía fue acuñada como un antónimo de utopía, término legado por Tomás Moro que describía ese lugar inexistente pero perfecto en el que ansiaba vivir el hombre.

No me detendré más en etimologías, que solo quería ilustrar el origen de un término que durante el siglo XX tan bien sirvió para construir contextos de tanta obra de ficción de anticipación. Porque si hemos de catalogar a todas esas películas, cuentos o novelas distópicas, el término perfecto no es ciencia ficción a secas, sino de anticipación: cada una de esas obras de ficción tomó como base nuestro aquí y ahora tanto en lo político, económico, social y hasta espiritual, para aventurarse a mostrar qué nos espera de seguir viviendo como estamos viviendo. Y claro, lo hizo con una mezcla de sátira, crítica y hasta advertencia casi dantesca: ¡Dejad toda esperanza vosotros si seguís así!

Hace unos meses, el director surcoreano Bong Joon-ho (Daegu, 1969) presentó su primer película en inglés, Snowpiercer, título que afortunadamente saca la casta donde Oblivion: El tiempo del olvido de Joseph Kosinski, Elysium de Neill Blomkamp, Upside Down de Juan Solanas y hasta Pacific Rim de Guillermo del Toro fallaron: ser un aspirante a blockbuster que no se conforma con el espectáculo palomero basado enteramente por sus varias tres-dimensionadas secuencias de acción.

Con un guión escrito entre Bong y Kelly Masterson, que adapta el cómic francés del mismo nombre publicado en los años ochenta y realizado por Benjamin Legrand, Jean-Marc Rochette y Jacques Lob, en Snowpiercer nos encontramos con un mundo enteramente congelado gracias al experimento fallido por combatir el calentamiento global.

Los únicos sobrevivientes nacen, viven y mueren a bordo de un tren inventado por un magnate llamado Wilford (Ed Harris): El Arca, que es impulsado por energía nuclear y que recorre el mundo sobre un elevado riel. Como antes del accidente el millonario fue tildado de loco por no tener fe en la ciencia y gastar gran parte de su dinero en la construcción del rompehielos, ahora él se ha convertido en el amo y señor de esa nueva sociedad, dividida por vagones al modo clásico: entre más cerca de la máquina, más privilegios se tienen.

El orden a bordo del tren es mantenido por un simplificado ejército comandado por Mason (Tilda Swinton), cuyo puño de hierro es implacable con las personas de los últimos vagones. Es en uno de esos últimos vagones donde inicia la historia.

Curtis (Chris Evans) es el voluntarioso líder de una revuelta que se gesta pasivamente entre algunos miembros de la clase baja. Cada tanto, Mason manda a sus guardias a repartir comida y a llevarse a los niños sin razón aparente. La idea de Curtis es llegar a la máquina, someter al fantasmal Wilford y a sus guardias, para poner en su lugar a Gilliam (John Hurt), sabiendo que con él gobernando habrá mayor igualdad.

Así, sin más armas que su coraje, astucia y fuerza, Curtis y su prole deberán no solo esperar el momento oportuno para revelarse. Saben que el ejército de Mason y Wilford tienen todo a su disposición para ganar, que una vez que se inicie la revuelta será hasta de vagón en vagón, de pelea en pelea, hasta el fin. Que solo tienen una oportunidad.

Filmada en Praga, donde se construyó uno a uno los vagones completos del Arca, Snowpiercer claro que se toma sus libertades narrativas y cae en absurdos que deben ser pasados por alto para mayor disfrute. Pero eso no quiere decir que no sepa aprovechar cada uno de sus recursos en pro de la construcción de personajes o que aproveche bien su contexto distópico para contar su historia.

Snowpiercer es, pues, una rara avis en la cada vez más poblada escena ciencia ficcionera contemporánea. También es la primera de mis películas favoritas para este 2014.

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