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Encarcelan democracia

Para aquellos a quienes muchos llaman "ilusos" la reforma político-electoral era una gran oportunidad para honrar el sistema que nuestro país estableció en la Constitución: república, democrática, representativa y federal, pero nuestros legisladores parecen tener más inclinación por convertirnos en una república partidocrática, oligárquica, centralizada.

Cualquier posibilidad de fortalecer algún mecanismo de participación política que no estuviera controlado por los actuales partidos políticos quedó recluida en un simulado proceso burocrático que no dará mayores frutos. Las candidaturas independientes eran tan amenazantes para los diseñadores de las reformas, que les colocaron la camisa de fuerza con la que se viste a un demente peligroso. La costura de la prenda consistió en asignarles porcentajes de firmas para preregistro en plazos inalcanzables; anularon la individualidad que por principio representan las candidaturas independientes con la obligación de conformar una asociación civil para poder postularse; se requerirá la preselección de ternas aunque más de tres aspirantes hayan alcanzado el porcentaje requerido y además, no tendrán espacios mediáticos equitativos. Un candidato independiente a la Presidencia de la República requiere para registrarse 800 mil firmas frente a las 250 mil firmas que aproximadamente se le piden a un partido político. ¿Les parece congruente?

Las voces de quienes advertían que la conformación del Instituto Nacional Electoral, como está planteado, dejaba amplias puertas a la discreción de su Consejo y limitaba sin claridad el trabajo de los órganos locales, quedaron mágicamente acalladas. Incluso algunas de esas voces ahora confían plenamente en que todo está listo para arrancar elecciones. El enorme poder político que se le otorga al INE expresa un espíritu centralizador que merma inevitablemente el federalismo electoral que se había alcanzado con el modelo electoral anterior. No olvidemos que la mayoría de los consejeros difícilmente pueden evadir los intereses partidistas, pocos perfiles garantizan que no sean los partidos quienes manejen esta discrecionalidad sin mayores dificultades, con afectaciones directas sobre las entidades federativas.

Menos mal que en la primera ley de los partidos políticos dedican gran parte del texto a regular sus gastos. Pero eso sí no tocan una sola letra de la fórmula que les dota de exorbitantes recursos. ¿Qué democracia del mundo reparte entre los partidos políticos dinero público solo por el número de ciudadanos que están en la lista nominal de electores? Ninguno, más que el nuestro. Y a pesar de que saben que la conformación de asambleas para solicitar su registro implica puro clientelismo y acarreo, no hicieron ninguna propuesta para conformar militancias convencidas en vez de maiceadas.

Quienes querían refrescar el sistema con nuevas figuras, pero no veían con buenos ojos las candidaturas independientes, depositaban sus expectativas en la flexibilización del registro de nuevos partidos. Pero aquí también la regulación puso más restricciones, elevando de 2 a 3% de votos válidos para conservar el registro.

Los legisladores celebran su negociación y hablan de lo difícil que fue construir sus acuerdos, pero el dictamen que votaron es por mucho muy parecido al que presentó Enrique Peña Nieto. Dicen que todos ganaron. Claro para ellos la palabra "todos" tiene un solo significado: partidos y grupos políticos existentes. Casi por unanimidad cercaron las posibilidades reales de innovar y refrescar el sistema político y las cerraron con sólidos candados. La llave para abrirlos se la tragaron ayer, seguramente hoy brilla oculta en sus estómagos.

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