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Engañar con la verdad

No ocurrió de repente. A lo largo de muchos años, incluso décadas, se fue perfilando este escenario que hoy nos perturba: el avance de la delincuencia ante la inacción cómplice de autoridades de todo orden y, un dato no menor, la permisividad —sazonada con altas dosis de cinismo— de sectores importantes de la sociedad. Todos sabían que en algunos territorios se cultivaban enervantes y conocían las rutas para el trasiego de droga. Sin embargo, la autoridad y la gente se hacían de la vista gorda.

Se multiplican las historias de miedo en distintas regiones del país. La paz y la tranquilidad con la que solíamos vivir han sido reemplazadas por una sensación de desesperanza y fatalismo. No parece haber en quién confiar; no, ciertamente, en los responsables de la seguridad, los cuerpos policiacos o de procuración y administración de justicia.

Hay tramos de carreteras en los que se instalan falsos retenes… En algunos poblados gente armada irrumpe en las habitaciones de un hotel para exigir al huésped las llaves de una camioneta que le gustó a un mafioso… El cobro de piso es una práctica que se extiende con absoluta impunidad...

Muchos respetabilísimos hombres de negocios han servido (y sirven) para el lavado de dinero a través de transacciones comerciales de autos, inmuebles y joyas, principalmente.

No sabemos con precisión cuándo cambió todo, ni siquiera por qué, pero hoy amplias zonas del país están dominadas por bandas criminales. En Michoacán, transcurridos más de siete años del primer "operativo conjunto" que tenía por objetivo "rescatar" territorios e imponer la ley —con el despliegue de miles de integrantes de las fuerzas federales—, la delincuencia no ha sido "desenraizada", sigue vivita y coleando, y, lo que es más preocupante, cuenta con un sólido respaldo social —por miedo, indolencia o gratitud—.

El gobierno federal engaña con la verdad: presume la disminución en los índices de homicidios dolosos, pero soslaya lo importante: el incremento en secuestros y extorsiones. El incremento en los homicidios suele corresponder a la disputa por el control de una plaza, lucha que se da a sangre y fuego. Baste un ejemplo: en Reynosa, Tamaulipas, territorio narco, los homicidios han descendido notoriamente, pero se han incrementado los delitos que más lastiman a la comunidad. Acapulco, en contraste, recientemente vivió un brote de homicidios, que permanecerá mientras no se rompa ese "equilibrio catastrófico" entre cárteles. Es previsible, empero, que una vez que se imponga una banda, los homicidios disminuyan drásticamente.

No obstante ello, desde la perspectiva de la sociedad, a la preeminencia de una banda sigue la imposición de mayores tributos a la población. Hoy, negocios de todo rango en muchas entidades están sujetos a la extorsión: lo mismo modestas tiendas de artesanías que florerías, comercios medianos que importantes firmas constructoras.

La estrategia instrumentada por el ex presidente Felipe Calderón y continuada en sus trazos mayores por Enrique Peña Nieto ha desatendido un eslabón institucional clave: el judicial. No son pocos los delincuentes detenidos que han sido liberados por jueces corruptos y regresan a seguir secuestrando, extorsionando y asesinando. No hay forma de que el sistema de justicia garantice que los criminales paguen por los delitos, por eso la decisión de endurecer las penas no tiene efecto disuasivo. En los centros penitenciarios, otro eslabón podrido, las autoridades están al servicio de los delincuentes y el "autogobierno" es una constante.

Pero hay otro ingrediente mayúsculo para entender el desbordamiento delincuencial: el mediocre crecimiento de la economía, que condena a millones a la desesperanza y deja un sedimento de niños y jóvenes resentidos que, ante la falta de alternativas, es reclutado por la delincuencia.

En esa perspectiva, dramática desde cualquier punto de vista, las interrogantes adquieren un tono de impotencia y pesimismo. ¿Será que la única salida es la autodefensa? ¿Que los ciudadanos pacíficos abandonen su quehacer para armarse y enfrentar a los criminales? ¿Qué país estamos heredando a nuestros hijos? ¿Debemos volver la vista hacia otro lado, cambiar "la narrativa", como proponen algunos? ¿Asumir, como "ciudadanos" en minoría de edad, que todo va muy bien aunque los datos duros nos confirmen que seguimos viviendo bajo el imperio del miedo?

@alfonsozarate