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Opinión

El saber y el poder

Por: Enrique Inzunza Cázarez

Moro, Campanella y Bacon escribieron textos bellísimos. Foto ilustrativa Pixabay

Moro, Campanella y Bacon escribieron textos bellísimos. Foto ilustrativa Pixabay

¿Están los hombres de libros mejor capacitados para gobernar? La pregunta es milenaria y ha sido formulada desde los mismos inicios de la civilización. En La República, Platón reivindica para los filósofos el papel de mandar, bajo el supuesto de que la sabiduría es el atributo básico del gobernante. Pero hay un hecho indubitable que conviene no perder de vista: las repúblicas de los sabios no han descendido de la literatura a los hechos, y el propio Platón regresó de Siracusa dejando allá al mismo tirano que pretendió domesticar con la filosofía.

El poder es una bestia demasiado salvaje para sucumbir al encanto de las musas. Moro, Campanella y Bacon escribieron textos bellísimos y preceptivos acerca de ciudades utópicas y felices. Pero sus propias vidas dan testimonio de que la realidad del poder no es apta para ensoñaciones: Moro acabó decapitado; Campanella vivió preso casi hasta su muerte. Por cierto que las altas prendas de la inteligencia tampoco son garantía de conducción honorable. En el caso de Sir Francis Bacon, de quien Carlyle decía que era poseedor de un ingenio tan fino que “hablaba con el universo”, no impidieron que fuera procesado y condenado por prevaricación. En entregas anteriores (Gobernar con los clásicos I y II) he defendido la lectura de los grandes autores de la antigüedad para dotar de hondura a la acción política y al ejercicio de la gobernación.

Pero conviene advertir algo que es posible constatar de forma sencilla y empírica: la sabiduría —la saggezza—política no es un saber libresco o especulativo, sino eminentemente práctico. Es una capacidad cultivada que frutifica sólo en los especímenes que sienten la pasión por mandar. Sin ese atributo básico, sin esa agitación interior, es punto menos que imposible navegar con fortuna en ese mar proceloso, y resistir sin quebrarse sus habituales seísmos. La vida pública tiene sus momentos de altura y de descenso, y es preciso una firmeza de ánimo que no se conmueva en los inevitables vaivenes. Es menester una dosis elevada de perseverancia y una confianza en sí mismo casi hasta la patología.

El hombre de los libros es por proclividad contemplativo y racional; tiende a lanzar sus mirada más allá de la circunstancia presente y piensa en dar forma en la realidad a las ideas acerca de la ciudad ideal. Pero el ejercicio de gobierno práctico se libra, no en las profundidades de la reflexión, sino en la ebullición de las crisis permanentes y en el hormiguero que es la política cotidiana.

El sentido de la orientación y la capacidad de respuesta, el olfato y el instinto, se conviertan en las prendas básicas sin las cuales no es posible sobrevivir en el oficio. ¿Es entonces la política una esfera mal avenida con el saber y el conocimiento? Todo lo contrario: cuando se suman ambas virtudes es posible trascender la pura gestión de lo circunstancial y momentáneo para colocar las vigas que han de sostener el mejor Estado posible, inspirado —sí, pero nunca confundido— en la ciudad ideal. Cuando a mitad del camino se encuentran pasión y razón en la política es que la humanidad festeja el alumbramiento de esos animales políticos escasos: los Hombres de Estado. Tengan salud.

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  • Enrique Inzunza Cazarez
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