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Opinión

Valores jurídicos y juzgadores

Por: Enrique Inzunza Cázarez

Hace algunos años el jurista de origen argentino Jorge Malem publicó en la Revista de Filosofía Doxa un trabajo provocador y sugerente. Lo tituló ¿Pueden las malas personas ser buenos jueces? Decía el ahora catedrático de la Universidad Pompeu Fabra, en tono claramente insinuativo, que si el mérito de las resoluciones judiciales reside en la correcta aplicación de las normas legales al caso concreto, esto es, en un trabajo objetivo y técnico consistente en argumentar jurídicamente las razones de la decisión contenida en la sentencia, entonces las prendas morales de quienes las dictan carecen de relevancia práctica o institucional.

Si nos atenemos a un punto de vista estrictamente analítico, tendríamos que conceder que Malem lleva la razón: la ética de los jueces no hace mejor o peor el mérito jurídico de una resolución. De hecho, la parte procesal a quien el fallo desfavorezca podrá impugnarlo ante una instancia superior, y lo hará alegando defectos jurídicos y no inconsistencias morales del juzgador. Es decir, que una “mala persona” puede ser un “buen juez”. Pero este enfoque pasa por alto un asunto fundamental: impartir la justicia, como dictar la misa, requiere una correspondencia entre los valores que la función preconiza y la conducta de quien la ejerce.

Y más allá de cierta linde o grado de apartamiento, aún si se escriben piezas magníficas o se pronuncian sermones deslumbrantes, la credibilidad del mensaje no será mayor que la del mensajero. Por supuesto que es tarea en extremo ardua definir qué debe entenderse como “buen juez”, como lo es de hecho definir qué ha de considerarse como “buen ciudadano” a secas. El filósofo español Manuel Atienza, uno de los redactores del Código Modelo Iberoamericano de Ética Judicial, apunta el rumbo. No basta, por supuesto, limitarse a no incurrir en causas de censura y responsabilidad, sino que es preciso cultivar algunas virtudes básicas –las que él llama “virtudes judiciales”- En sus palabras, el principio de independencia exige sobre todo auto-restricción, modestia y valentía; el de imparcialidad, sentido de la justicia y honestidad personal; y la motivación de las sentencias, prudencia intelectual y moral para aplicar normas generales a casos concretos. La idoneidad ética de los jueces es un bien fundamental para la credibilidad de la justicia. Quienes ejercen el servicio público, y especialmente el judicial, deben asumir que la función impone cargas que es menester estar dispuestos a llevar: apertura a la crítica y al escrutinio, y una conducta congruente con la altura y dificultad del cargo, tanto en público como en privado.

Ciertamente, el poder que se confiere a cada juez trae consigo determinadas exigencias que serían inapropiadas para el ciudadano común que ejerce poderes privados. Desde esta perspectiva, se comprende que el juez no sólo debe preocuparse por “ser”, sino también por “parecer”, de manera de no suscitar legítimas dudas en la sociedad acerca del modo en que se cumple el servicio judicial.

En esta nota:
  • Enrique Inzunza Cázares
  • Jorge Malem
  • Revista de Filosofía Doxa