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Enseñar el amor por el aprendizaje

UN CAMINO AL CRECIMIENTO

El aprendizaje es una de las mayores alegrías de la vida. En nuestra misión como educadores, vale la pena reflexionar sobre esto: formar en nuestros hijos una predisposición positiva hacia el aprendizaje fomentará su interés y promoverá la oportunidad de disfrutar de los nuevos conocimientos, de nuevas habilidades y de nuevas y mejores actitudes que ofrezcan una vida más feliz.

Los niños que poseen amplios conocimientos y variadas experiencias en una gran diversidad de temas, podrán encontrar en el aprendizaje y en la escuela un medio para disfrutar y que les resulte interesante. Aquí, el papel de los padres y los profesores es fundamental: compartir sus experiencias de vida, fabricar otras experiencias para que las vivan y comentar sobre eventos relevantes les ofrece a los niños inmensas posibilidades de incrementar no sólo su interés por aprender, sino su gozo ante el aprendizaje.

Hablar con los hijos sobre las vivencias diarias ayuda a cada uno a conocerse mejor, a comprender diferentes puntos de vista, a conocer anhelos y valores, así como descubrir intereses particulares de otras personas. Pero no sólo es importante hablar con los hijos, también hay que escucharlos, contestarles sus preguntas o ayudarlos a encontrar respuestas pues esto incrementa también el valor del respeto a sí mismos, ya que ellos sabrán que sus inquietudes y dudas merecen la pena de ser respondidas o aclaradas.

En realidad, los maestros más importantes de los niños no son los más calificados en el jardín de niños, la escuela primaria o la secundaria, así como tampoco el mejor maestro de la universidad. Sus maestros más valiosos son sus padres. Y como los niños desde el momento de nacer muestran una gran ansiedad por aprender como una cualidad natural, es importante que sus padres les ayuden a orientar sus inquietudes y canalizar su aprendizaje.

Platicar con los niños antes, durante y después de una experiencia o actividad contribuye para que vayan conformando y siendo conscientes de sus propios procesos de aprendizaje. Resaltar lo que se sabía, o se pensaba, o lo que se podía hacer, antes de una experiencia, hace conocedor a un niño sobre lo que ahora sabe y antes no. Así se va formando el gusto por aprender, y así los vamos ayudando a construir una predisposición positiva hacia el aprendizaje y que conlleve a la excelencia, sin el precio que se paga cuando se estudia o se aprende por obligación. Esto garantizará que el aprendizaje se convierta realmente en una de las mayores alegrías de la vida.

Y hay algo más: si un niño al ser escuchado y acompañado en sus procesos de aprender, es también entendido en sus emociones, el aprendizaje cobrará más sentido y se reforzará en él la confianza y su propia autoestima. ¿Qué significa ser entendido en sus emociones? Por ejemplo, que cuando algún aprendizaje o estudio escolar o doméstico le resulte frustrante, porque no se le da fácilmente, pueda escuchar que alguien lo entiende en su frustración. O bien, que cuando algún aprendizaje se esté disfrutando, también se lo reflejen para ayudarlo a tomar conciencia. Si algo beneficiará a nuestros hijos en el futuro es su capacidad y su gusto y disposición para aprender. En la era de la información que les está tocando desarrollarse y convertirse en adultos, es necesario que los niños conviertan el aprendizaje en una habilidad que les permitirá acercarse al auto estudio y, sobre todo, al acto de aprender como un acto de gozo y de crecimiento personal y profesional. Los padres, en este aspecto, jugamos un rol fundamental.

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