Conéctate a El Debate

O conéctate con...

Usuarios registrados

Cancelar

Es el poder, no la droga

La guerra contra las drogas tiene adeptos en el mundo entero y lo de menos es si funciona o no. Esa guerra es una declaración moral instrumentalizada en herramienta de dominio político.

Por eso no importa si se gana o se pierde, lo que vale es su capacidad de reproducirse. La guerra contra las drogas es porque debe ser, no es porque funcione para lo que dice que funciona. Y el soporte ideológico y político de ella es tan poderoso que la comprobación de que el mercado de drogas ilegales es más grande que nunca sólo sirve para inflar la justificación de la propia guerra. Estamos ante una monumental evidencia de que la principal función del poder es perpetuarse. El fundamento mismo de la identificación de algunas drogas como un problema de seguridad y otras no es político y nada tienen que ver con la evidencia empírica detrás del uso de unas y otras. Si el alcohol es por mucho la principal droga de inicio hacia drogas ilegales, no importa. Y si los bares abaratan la venta del alcohol justo a su mayor clientela, los jóvenes, y por esa vía aumentan su consumo y con ello el riesgo de acceso a las drogas prohibidas, pues el problema es con éstas y no con aquél.

En la guerra contra las drogas casi nadie quiere saber de evidencias. Éstas sobran cuando el discurso político hegemónico dice que las drogas ilegales son malas y que los que las producen, las comercializan y las consumen también son malos. Son malos porque lo son y las drogas legales y quienes hacen fortunas con ellas y quienes las usan son buenos porque lo son. Lo de menos es que haya evidencia, por ejemplo, de que quienes principalmente persiguen a los narcotraficantes y asedian a los usuarios de drogas ilegales, los policías, usualmente son usuarios consuetudinarios de esas drogas.

Hace muchos años entendí que el problema detrás de la guerra contra las drogas nunca han sido las drogas. Es un problema de poder donde unos cuantos lo tienen para definir qué es ilegal y qué no. El discurso penal, bien entendido en sus fundamentos políticos, es depósito del discurso del poder. Una mujer joven se quejaba conmigo hace unos días porque no puede fumar marihuana en vez de tomar alcohol sin ser censurada y sin caer en riesgos de conflicto con la ley. "Me hace mucho daño el alcohol y la marihuana no", decía. Le contesté que eso era lo de menos ya que los discursos político, social y penal hegemónicos en torno a la marihuana en general nada tienen que ver con su potencial de daño a la salud. "Pero si yo quiero fumar es mi problema", replicó. Exacto, sólo que eso no lo puedes decidir tú porque alguien con más poder que tú dijo que el alcohol se puede y la marihuana no. Y lo dijo sin reparar en cuál de los dos te puede hacer más daño o implicar mayores riesgos, le expliqué. "Es una locura", espetó. Lo es.

La detención de Joaquín Guzmán Loera sirve para recordar todo esto. Acaso el personaje es la representación simbólica más potente de esa guerra entre poderes formales y fácticos. Y si algún saldo claro ha dejado esa guerra es la progresiva dilución de las fronteras entre los "bandos". Afirma el periodista Roberto Saviano: "El Chapo sabe una cosa: la democracia es corrupción, y quien piensa lo contrario es un ingenuo. Todos son corruptibles; sólo es necesario encontrar el punto de inflexión. Paga y se te dará". Si Saviano tiene razón, muy poco queda por hacer. Queda claro en todo caso que el emporio del negocio asociado al narcotráfico abarca ambas esferas de poder, pública y privada. Las drogas ilegales producen montañas de dinero repartidas entre micro y macro poderes entrelazados en redes transnacionales interminables que no distinguen fronteras, comenzando por la de la propia ley y de las instituciones encargadas de hacerla cumplir. Entendamos que la guerra contra las drogas, al final del día, se sostiene en su potencia para producir poder a unos y otros. Las drogas en sí mismas son lo de menos.

[email protected]