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Espejismo mundial

El deporte más popular del mundo es también el que convoca el mayor número de lugares comunes y frases trilladas. Las metáforas futbolísticas, que de por sí permean el lenguaje cotidiano, se multiplican durante temporadas en las que un acontecimiento mayor, en este caso el campeonato mundial, acapara la atención internacional.

Digo medio mundo y no el mundo entero porque, como bien apunta The Economist en su más reciente edición, hay dos países, los más poblados del globo, donde el fútbol no pinta como prioridad ni para aficionados ni para anunciantes ni para las ligas locales. Dos países que, solitos, alteran cualquier estadística. Pero no obstante el desinterés de China y la India, lo cierto es que el fut sí es el deporte más popular, más visto y más jugado del mundo.

Obtener la sede de un Mundial es un sueño largamente acariciado por los gobiernos de muchos países. De la mano con empresarios nacionales, gastan pequeñas o grandes fortunas para lograr su objetivo. La idea, o el ideal, es que un Mundial le aporta al país sede inversiones, infraestructura, visibilidad y prestigio internacional, popularidad para el régimen, distractores sociales. Y, en algunos casos, un ansiado boleto que viene incluido en el costo: a cambio de algunos miles de millones de dólares la nación anfitriona tiene garantizado un lugar en la lista de los participantes. Ese es, probablemente, el único retorno garantizado sobre la estratosférica inversión.

Los últimos días han estado repletos de información que da cuenta del nido de corrupción en que parece haberse convertido la FIFA, el órgano rector a nivel internacional de este deporte. A nadie puede realmente sorprender, acostumbrados como estamos a los tejes y manejes de federaciones deportivas, comités olímpicos, árbitros, jugadores y empresas asociadas a los grandes deportes. Al ser el de mayor alcance y penetración, el fútbol es lógicamente particularmente vulnerable a posibles actos indebidos, y no hay rumor que no tenga, ya de entrada, visos de verosimilitud.

A las acusaciones, reportadas originalmente por The New York Times, sobre una red de corrupción para manipular los resultados de partidos y así beneficiar a redes de apostadores profesionales han seguido las revelaciones del británico The Sunday Times acerca de los arreglos y acuerdos clandestinos a los que habría llegado Qatar para asegurarse la sede del Mundial de 2022. Ya tres grandes patrocinadores de FIFA, Visa, Adidas y Sony, se han desmarcado del escándalo, y exigido aclaraciones, algo inusitado cuando aún no hay resultados formales de la investigación al respecto.

Lo cierto es que la reputación de FIFA y la de muchas federaciones nacionales está por los suelos, ya por malos manejos, falta de transparencia, racismo, misoginia o conflictos de interés descarados o sutiles. Si a eso sumamos el creciente rechazo que amplios sectores de la sociedad del próximo país sede, Brasil, han demostrado a la realización del Mundial en sus tierras, (además de la evidente falta de preparación de los organizadores) tenemos un cambio dramático en la antigua ecuación en la que todos querían auspiciar una Copa del Mundo y estaban dispuestos a lo que fuera para lograrlo.

Siguen existiendo muy poderosas razones para que gobiernos corruptos o poco transparentes, de la mano de empresarios sin escrúpulos, busquen no sólo las mieles de la fama futbolística, sino también los contratos jugosos y las generosas comisiones que le acompañan. Pero por lo que se ve, ya ni las sociedades, ni los patrocinadores, ni buena parte del público, están dispuestos a tragarse la patraña mundialista.

Qué pena por un deporte tan bello y noble, en manos de quienes no lo merecen.

Twitter: @gabrielguerrac