Opinión

Estar presentes

UN CAMINO AL CRECIMIENTO

Por: Norma Campos

En la práctica profesional atendiendo a padres de familia que reportan dificultades para manejar ciertas conductas de sus hijos u orientando hacia la construcción de mejores relaciones entre ambas partes, es importante considerar lo que le ha pasado a un niño antes de presentar dichos comportamientos. Esto significa que el pensamiento va dirigido a comprender el origen de la conducta en la raíz, es decir, en la necesidad no cubierta en etapas anteriores de su vida. O sea que si un niño se muestra muy enojado y tiene conductas agresivas (golpea objetos o a otros, grita, destruye cosas, se auto agrede, etcétera), será necesario revisar cómo han sido manejadas sus manifestaciones naturales de enojo o coraje. Y digo "naturales" porque a todos los seres humanos nos pasa que en ocasiones no enojemos, nos frustremos, nos dé coraje algo, pero si cuando esto sucede no nos permiten expresarnos ("¡Vete a tu cuarto!", "No te enojes", "¡Ya cállate!", etcétera), la necesidad de expresarse y la energía del coraje guardada permanecerán ahí, y en algún momento buscarán salida. Esto es de lo más frecuente. Sucede que en ocasiones, los padres acuden a la escuela porque se les reporta a sus hijos que están comportándose de manera agresiva con los compañeros, y al recibir el informe ellos comenten algo como: "¡Qué raro! En casa no se pone así". Suena curioso, pero sucede que esa es la mejor pista que pueden dar para suponer que si en casa no se le está permitiendo el coraje, el niño encuentre en la escuela esa "chimenea" donde puede dejar salir lo que en casa no le está permitido.

El tema de la represión de las emociones no es fácil para abordarse, y menos en un espacio tan corto como este. Pero su importancia es mayor de lo que podemos imaginar. Cuando a un niño se le hace saber que su enojo o su miedo o su tristeza, son parte natural de la vida, que se vale sentirlo, que lo que se siente va a pasar; ese niño se siente "visto". Porque solamente cuando alguien puede entender lo que nos pasa, sin reprimirnos, y darnos cabida, así como nos sentimos, entonces podemos sentir que nos "ven". De otra manera, queda no sólo la sensación de no ser entendido, sino que el otro no puede verlo. En la primera infancia, sentirse "visto" es una de las cosas que brindará mayor seguridad al niño y en la cual sentará la base de su futuro desarrollo. La explicación no es una cuestión sentimental, tiene un fundamento neurológico, ya que a través de la mirada se realizan conexiones en el cerebro que activan y promueven su maduración. Y un cerebro maduro es clave para la inteligencia emocional.

En el estudio de la influencia del apego en la conducta y emociones en el ser humano, se dice que si se hubiera de resumir en una sola palabra toda la investigación que trata sobre el tipo de educación infantil que ayuda a crear las mejores condiciones para el niño y el adolescente, sería el término: presencia. Esto es, si hay algo que puede dar garantía a un niño para tener confianza y autoestima, y atravesar la adolescencia de manera más segura, es la presencia consistente y amable de sus padres. Y es que estar presente no significa solamente estar, sino que el niño sienta y perciba la mirada comprensiva de sus padres. Podemos estar con un bebé mientras "chateamos" con el celular, podemos estar alimentándolo al pecho mientras hablamos por teléfono, podemos estar con nuestros hijos pequeños en casa mientras ellos ven la televisión o están con los videojuegos, y esto no dejará en el registro del cerebro de nuestros hijos que fueron vistos. Y así como inicié con esta columna, cuando el niño muestra una emoción y no se la reconocemos, tampoco sentirán nuestra presencia. Estar presentes va más allá que tener nuestro cuerpo ahí, en un momento dado.