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¿Estilo de vida?

GUASAVE

Empinar el codo en la calle o banquetas es práctica que en la ciudad es patente de solaz, al punto de que los etílicos espectáculos son parte inherente al paisaje urbano y por consecuencia a nosotros como pueblerinos, nos son indiferentes.

Ser testigos en la vía pública de improvisados saraos, de muchachos, adultos y mujeres, que en algunos casos ya no lo son tanto, ingiriendo tónicos embriagantes, la neta nunca ha sido cosa que espante a nadie.

Ocurre, igual en los exteriores de los antros más populares, que sobre la calzada "Cervantes Ahumada". No se salvan de ser convertidos en cantinas céntricos sitios, como calles del primer cuadro comercial y bulevares. Resulta lo tradicional ver a grupos rindiendo culto al Dios Baco.

El consumir alcohol en banquetas o lugares inadecuados para tal tipo de degustamiento o placeres, no pocas veces ocasión de zafarranchos y molestias para terceros, se toma como algo muy de la idiosincrasia e ingrediente del folclor guasavense, al que nadie está vedado.

Curiosamente esos comportamientos sociales alcanzan el extremo de considerarse normales por las autoridades responsables del cumplimiento del Bando de Policía y Gobierno vigente, que entre otras cosas, lo prohíbe expresamente.

Claro sería injusto culpar a la actual administración o a su Policía del relajamiento observado en la conducta, principalmente de los adolescentes o jóvenes mayores, hombres y mujeres, que toman los espacios públicos como barras de cantina.

Entonces, habría que razonar en descarga a la pasividad para detener o moderar tan malas actitudes, es sólo efecto de la tolerancia que data de décadas y porque los anteriores ayuntamientos han sido muy complacientes permitiendo se atente impunemente contra la moral y las buenas costumbres, por llamarle de algún modo al desmadre que organizan.

Por otro lado, hay que decir que si a contrapelo de las disposiciones al Bando de Policía, únicamente se embriagaran de manera pacífica, el problema no sería tal.

El asunto es que al influjo de los humos etílicos se desprenden otras acciones procaces y antisociales, como orinar en las calles, armar pleitos y escándalos, amén de convertirse en cafres cuando conducen autos, obstruir las vialidades y a veces injuriar a los transeúntes.

Se entiende que a estas alturas tratar de poner orden es muy complejo, cuando el relajamiento social se ha traducido en un estilo de vida y una tradición que por su arraigo no se juzga, aunque lo sea, una infracción a la ley.

Es riesgoso en estos casos aplicar medidas represivas, pues generaría peores males que los que se pretenderían combatir, pues daría lugar a reacciones violentas al defender un derecho a emborracharse en vía pública, como si la que, en caso de proceder fuera la Policía la que estuviera abusando.

Mas creo, es tiempo que las autoridades cobren conciencia que no es posible continuar tolerando el desorden y lo peor vaya en aumento, pues es un peligro no sólo para quienes sin deberla ni temerla en ocasiones son víctimas del quebranto de la tranquilidad sino para los propios autores.

No es cuestión de ejercer medidas moralinas o ejecutar acciones de fuerza indiscriminada, sino a través de programas bien encauzados que lleguen a los propios padres de familia, advertir a los que han hecho de esas prácticas lugares comunes, que debe haber respeto a la ley, pero ante todo que hay quien la aplique. Si los otros no lo hicieron, alguien tiene que comenzar.