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FIESTA CALLEJERA

JAQUE MATE

"Nuestra pobreza puede medirse por el número y suntuosidad de las fiestas populares."

Octavio Paz

Como uno de esos tipos incómodos que deciden hacer su fiesta en la calle sin preocuparse por los vecinos, el gobierno de la ciudad de México hace la suya una vez más en la calle. Ha escogido para su fiesta el Paseo de la Reforma, una de las principales avenidas del Distrito Federal, que desde hace días tiene bloqueados sus carriles centrales.

Siempre es bueno saber que un gobierno tiene tanto dinero que puede dedicar una buena parte a fiestas y circos. Si la cancelación de las playas artificiales en el Zócalo en la primavera hizo pensar que el jefe de gobierno Miguel Ángel Mancera tenía una visión distinta a la de su predecesor Marcelo Ebrard, la instalación de la pista de hielo en el Zócalo reveló que el populismo no ha quedado en realidad atrás.

El cierre del Paseo de la Reforma para una fiesta es una reiteración de que en México los gobernantes hacen leyes y reglamentos para evadir ellos mismos su cumplimiento. Los reglamentos de la capital prohiben el empleo de la vía pública para la realización de fiestas y espectáculos. Y es lógico. La vía pública tiene como propósito permitir el traslado de las personas.

Si una persona común y corriente quiere cerrar la calle para hacer una fiesta porque no le cabe la gente en su casa o porque no quiere ensuciarla, puede ser sancionada por la autoridad. De hecho, el gobierno del Distrito Federal ofrece en su portal de internet, en el "Catálogo único de trámites y servicios", una página en la que se detalla el procedimiento para presentar una queja por eventos o ferias en la vía pública. Incluso ofrece el teléfono Honestel, 5533-5533, para quejas y sugerencias. Pero ¿a qué teléfono marca uno para quejarse de que el propio gobierno capitalino está invadiendo la vía púbica para una fiesta?

Uno de los grandes privilegios de trabajar para el gobierno o ser político es pasarse por el arco del triunfo las reglas que se hacen para los demás. Por eso las patrullas de la policía se pasan los altos y por eso los legisladores gozan de un fuero que los exime de la aplicación de la ley. Eso mismo sienten los funcionarios capitalinos que establecieron la Norma Ambiental 05 para fijar en 62 decibeles para la noche y en 65 para el día el límite de ruido que se puede hacer en la vía pública de la ciudad de México. A quien viole esta norma se le conminará a que baje el volumen y, si no lo hace, se le multará con 11 a 20 días de salario mínimo o 13 a 24 horas de arresto.

Cuando el gobierno del Distrito Federal realiza sus fiestas en la vía pública, sin embargo, el volumen rebasa ampliamente los 120 decibeles. Los vecinos o los huéspedes de los hoteles de Reforma no pueden mantener una conversación en su propia habitación porque es tan alto el volumen de la fiesta callejera que ahoga cualquier intercambio de palabras. Los políticos capitalinos se mofan de quienes protestan. Lo que deben hacer todos es unirse a la fiesta. Sí, incluso los menores, los ancianos y los enfermos, o aquellos que tengan la desventura de trabajar al día siguiente.

En México los gobernantes siempre han preferido organizar fiestas antes que promover el trabajo y la construcción de prosperidad. Los países ricos tienen pocas fiestas, nos dice Octavio Paz: "no hay tiempo, ni humor… Pero un pobre mexicano, ¿cómo podría vivir sin esas dos o tres fiestas anuales que lo compensan de su estrechez y su miseria? Las fiestas son nuestro único lujo."

Para los políticos mexicanos, que necesitan mantener a la población en la pobreza y así abaratar su voto, las fiestas son un instrumento muy eficaz. Julio César recomendaba a los políticos de la antigua Roma dar al pueblo pan y circo. Los políticos mexicanos de hoy piensan que, a falta de pan, el circo basta.

NUEVOS IMPUESTOS

Hoy empiezan a aplicarse los nuevos impuestos de la miscelánea fiscal. El impacto para ese 40 por ciento de los mexicanos que trabajan en la economía formal, y que mantienen solos al gobierno, será enorme.