Conéctate a El Debate

O conéctate con...

Usuarios registrados

Cancelar

0 0

Fascinación por el arte

AKANTILADO

¿No podemos hacer nada para comprender de una vez por todas la belleza? Por fortuna, no. Podemos, sí, sentir, a través de la obra de arte, su poder, su iluminación enceguecedora, su misterio, su aullido, su terrible resplandor. "Si el arte nos da noticia de la belleza", anota el filósofo mexicano Sergio Espinosa Proa en su libro De una belleza casi ominosa. Retorno al arte del desierto (Instituto Zacatecano de Cultura, 2013), "es porque no hay otro modo de lograrlo. No nos da una 'imagen' de la belleza; nos da un presagio, un pequeño temblor, una como incomodidad, un ínfimo aunque perdurable trastorno." No es que el arte ofrezca resultados confiables, verificables, sustentados con datos duros, acerca de la belleza; el arte no satisface ninguna demanda ciudadana de información, por legítima que sea. ¿Mensajes? Los de texto, no los del arte. Ha escrito Jean-Luc Nancy que "el arte más grande es siempre el arte que conserva suspendida y retenida toda conclusión en la significación o en la interpretación; y que abre de nuevo la experiencia al pensamiento." Para decirlo más simplemente: el arte no comunica nada, salvo la nada, el vacío, el no lugar donde acontece la belleza. El arte suspende conclusiones, las retiene, las detona en mil pedazos. En este sentido, la obra de arte es siempre ruptura, disparos a la mitad de un concierto solemne, quiebre, discordancia con las certezas de la ciencia y los hábitos de una sociedad siempre adormecida.

¿Y el artista? ¿Es la obra de arte su mensaje, el destello de su voluntad creadora? Ya dijimos que no. Durante el proceso creativo, extático, el artista poco sabe sobre su obra. La busca, la persigue, la trabaja con maniática paciencia, la destruye y vuelve a comenzar hasta que en algún momento, cuando quizás ya no lo esperaba, ocurre el milagro: aparece la belleza, lo singular, lo inaudito, lo que sacude y a veces hasta enloquece al propio artista. No se quiere dar aquí una visión romántica del artista, aquel que sólo se sienta a esperar a las musas, mientras gasta sus días y sus noches en la bohemia. Es necesario el trabajo y la disciplina. "La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando", dijo Picasso. "La perfección técnica es un paso," afirma Espinosa Proa, "una precondición en cuya ausencia se ven naufragar algunas obras; pero nunca podría ser la meta, de la misma manera que un músico virtuoso no llega a ser músico en virtud de su virtuosismo […] El artista escapa de sí mismo por la obra que abre y horada los muros de la tradición…". El artista no quiere comunicar y llenar de paz a los espectadores de su obra. No nos trae su Palabra. Lo que se juega en cada obra de arte, aquello que se pone en cuestión, es la pintura misma, la literatura, la música, el cine, la arquitectura, la escultura, etcétera. El artista carga en sus hombros siglos de tradición y les da un vuelco con su obra o inaugura nuevos caminos. Cuando en 1955 se publicó la más universal de nuestras novelas, Pedro Páramo, de Juan Rulfo, dejó estupefactos a lectores y críticos profesionales. No era novela de la revolución; tampoco literatura nacionalista. No cabía en los moldes interpretativos a la mano. ¿Qué era eso que se apartaba y rompía con todo lo antes visto y dejaba mudo al medio literario? Sencillamente: arte, lo desconocido, lo inédito. A lo mismo se enfrentaron las obras de Picasso, Pollock, Magritte y Marcel Duchamp, por dar algunos nombres. Es eso lo propio del arte: romper y provocar sismos en la gente de bien y la de mal; luego replicarlos. "El arte es bello si nos arranca una maldición, una queja, una efusión erótica, un grito de rebeldía, una estupefacción instantánea", nos dice el autor.

¿Cómo responde, entonces, Sergio Espinosa Proa a los desafíos del arte? En principio, sin dar respuestas. Más bien, pensando, ensayando, escribiendo, asombrándose, experimentando la fascinación aterradora del arte. Es un seductor y a la vez un seducido por las palabras. Responde con poesía, es decir, con un silencio condensado en 137 páginas. ¿No es el silencio o el grito ahogado, en primer lugar, la más genuina reacción ante el arte, que también es una especie de silencio que nos ha legado el artista? Pienso que sí. "El silencio", dejó escrito Susan Sontag, "es el supremo gesto ultraterreno del artista: mediante el silencio, se emancipa de la sujeción servil al mundo, que se presenta como mecenas, cliente, consumidor, antagonista, árbitro y deformador de su obra." Agradezco y reconozco al filósofo, al crítico, al ensayista, al profesor y excelente conversador que es Espinosa Proa por haber logrado transmitir ese silencio en este libro de ensayos. Es un escritor fascinante, esquivo, casi ominoso.

[email protected]