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Fronteras y crisis humanitaria

La crisis humanitaria que está ocurriendo con los niños que emigran de América Central, pasan por México y se quedan en un limbo legal en los Estados Unidos o son deportados desde allá, se ha convertido en un problema político de primer orden.

Ha ocurrido antes, pero nunca en la escala y con el impacto que ahora ha tenido. Por varios días ha sido noticia principal en los noticieros estadounidenses. Ha dado ocasión a los republicanos de reclamar un mayor endurecimiento de su política fronteriza. Ha provocado protestas entre algunos habitantes de la frontera y compasión de organizaciones caritativas. Ha colocado al presidente Obama a la defensiva: sin lograrlo, pretende verse duro y humanitario. Para evadir el golpe de los conservadores y endosarles la factura ha solicitado recursos adicionales al Congreso. Lo que su posición ha provocado son reclamos de falta de liderazgo. Se le reclama que ni siquiera se haya apersonado en la frontera. Para algunos, el problema debe ser tratado como de seguridad nacional; para otros, como un asunto humanitario. Para hacer frente a la crisis humanitaria en la frontera, lo que falta es una respuesta integral. México podría ayudar a construirla.

No existe una solución única. No resolvería nada modificar el decreto presidencial de Bush para optar una posición aún más dura. ¿Cerrar más aún la frontera, cuando en los últimos años ha habido más deportaciones que nunca? No es solución conseguir algunos fondos adicionales —que serán negados por el Congreso— para la atención de los niños. Tampoco, presionar al gobierno de México para que cierre su frontera Sur.

Lo que habría que cambiar es el enfoque. Hacerlo en estos momentos de sorpresa, duda y frustración. Hacerlo ahora cuando: se están demostrando las severas limitaciones de las estrategias norteamericanas de contrainsurgencia en Irak y Siria con el sorprendente crecimiento del movimiento ISIS; la situación en Medio Oriente está de nuevo en ebullición por el escalamiento de la violencia entre Hamas y el gobierno de Israel; se reavivan los temores al terrorismo y se introducen nuevas medidas de seguridad en sus aeropuertos. Ante esos hechos, habría que concluir que las soluciones policiacas y militares, aun cuando pueden dar resultados momentáneos, no son suficientes e incluso pueden llegar a ser contraproducentes.

Habría que preguntarse cuál es el grado de desesperación de los padres y familiares de los niños que desde Honduras y Guatemala los envían a Estados Unidos, a sabiendas de los riesgos que corren en su trayecto. Cuáles los riesgos a su vida y la completa falta de oportunidades que los llevan a esa decisión extrema.

Se necesita de un enfoque de política diferente. Las condiciones dentro de los Estados Unidos son desfavorables. La recuperación de su economía es aún débil. La polarización de su política se ha agudizado a niveles extremos. Los cálculos electorales hacen muy difícil cualquier forma de cooperación bipartidista. Aun así, la crisis de opinión ha adquirido tal relevancia que existe una pequeña ventana de oportunidad para la iniciativa política y diplomática. México podría ser parte de ella: contribuir a convencer de la necesidad, oportunidad y conveniencia para una nueva iniciativa; integral. Donde en vez de apostar al control y la fuerza, se diera prioridad a la consolidación de las instituciones democráticas, el Estado de derecho y el desarrollo de sus vecinos del Sur; al trato humanitario a los migrantes y a la cooperación regional.

Ante la crisis humanitaria en sus fronteras y la presión de los Estados Unidos, México no puede limitarse a cumplir con los consabidos reclamos de la Cancillería, o tomar el papel de la avestruz que esconde su cabeza, fingiendo que no pasa nada a su alrededor. La mayor presión de la opinión pública en EUA abre la oportunidad para un cambio de enfoque. Para la iniciativa política y diplomática. México debería aprovecharla.