Opinión

Comida chatarra: ¿prohibición o educación?

LA HOGUERA

Por  Gabriel Yàñez Pérez

El ritmo tan acelerado de vida que se vive actualmente, sobre todo en las zonas urbanas, ha ido  generando malos hábitos alimenticios. Por la falta de tiempo, se recurre habitualmente al consumo de productos procesados, los cuales conllevan enormes cantidades de grasas saturadas, azúcar refinada e infinidad de sustitutos químicos que le aportan  color y sabor artificiales.

Esta inadecuada alimentación (malnutrición) a la que estamos expuestos desde muy temprana edad potencializa sus efectos nocivos al combinarse con una falta de actividad física. Además de las largas jornadas frente a un ordenador, hemos ido alimentando a la par la cultura del mínimo esfuerzo, donde se opta por alimentos preparados (comida rápida) y se evita el traslado peatonal por más cortas que sean las distancias.

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A diferencia de sus progenitores, para los niños y jóvenes de hoy, el esparcimiento se centra en actividades como los videojuegos o la interacción en las redes sociales, lo que los mantiene por horas sentados y absortos a una pantalla (televisor, computadora,  celular, tableta), sin mayor esfuerzo físico que el de mover los dedos y los músculos de la mandíbula para consumir, además, alimentos de los denominados “comida chatarra”.  Estos factores han propiciado una grave malnutrición en este sector de la población, entendida ésta como un estado de nutrición incorrecto y fuera de los márgenes saludables debido a una alimentación inadecuada, lo que ha derivado a su vez en un aumento desmedido en casos de sobrepeso y obesidad.

Los niños obesos y con sobrepeso tienden, en muchas ocasiones, a seguir siendo obesos en la edad adulta, por lo que tienen más probabilidades de padecer a edades tempranas enfermedades no transmisibles como la diabetes y  enfermedades de tipo cardiovascular, renal o hepática. Estos factores de riesgo cobran mayor relevancia cuando nos enfrentamos a contingencias sanitarias como la actual pandemia por COVID-19, ya que en ellos se expresan los  índices más altos de mortalidad.

Por otra parte, cuando hablamos de malnutrición, hablamos de una doble carga connotativa que subyace en dicho concepto, donde el sobrepeso y la obesidad coexisten codo a codo con la subnutrición o desnutrición. En ambos casos, existe una mala alimentación tanto por  la calidad como por la cantidad (por defecto y por

exceso) de los alimentos que una persona ingiere. 
De este modo, pese a los altos índices de obesidad y sobrepeso, la prevalencia de padecimientos por desnutrición o anemia sigue latente, ya que el aumento de peso y talla es, a final de cuentas, reflejo de otro tipo de malnutrición, en este caso como consecuencia del excesivo consumo de esos alimentos  “chatarra” que poseen un limitado o nulo valor nutricional.

Por lo anteriormente expuesto, hemos sido testigos de cómo en los últimos años han surgido múltiples propuestas  (leyes, reglamentos, acuerdos, planes, normas oficiales, etc.), cuyo objeto central ha sido promover la alimentación saludable y las actividades físicas, así como regular la venta de comida chatarra y su publicidad y etiquetado. 

En últimas fechas, varias entidades del país se encuentran valorando le decisión de  prohibir la venta, distribución o donación de alimentos chatarra y bebidas azucaradas a menores de edad. Hasta el momento, son ya dos estados (Oaxaca y Tabasco) los que han adoptado estas medidas restrictivas, reformando sus legislaciones locales en materia educativa, de salud y/o de protección a los derechos de las niñas, niños y adolescentes. 

En lo particular, considero que dichas medidas prohibitivas obedecen más bien a factores mediáticos, los cuales terminan muchas veces por ejercer una presión que conduce a sacar legislaciones al vapor, mismas que  por lo acotado de su ámbito de aplicación y por las limitantes para su implementación, lo único que logran es sobrecargar el andamiaje normativo para terminar siendo letra muerta. Está demostrado que cuando las autoridades determinan prohibiciones de manera focalizada sin una estrategia integral que lo respalde, los resultados no son los esperados, y en el peor de los casos, lo prohibido se vuelve  más deseado. Antes de tomar este tipo de decisiones, como prohibir a menores de edad el acceso a determinados productos de bajo aporte nutrimental, es necesario hacerlo en el marco de una propuesta integral que busque antes, o por lo menos a la par, generar nuevos patrones de conducta social, que en este caso sería la adopción de estilos de vida más saludables. Incluso es necesario valorar la edad del menor que, según estas nuevas leyes, suponen una limitación para comprender los efectos de sus decisiones. O es que acaso ¿creemos que a un joven de 17 años, (al ser legalmente aún un  menor de edad) se le podrá fácilmente, por una simple decisión legislativa, prohibir que adquiera unas papitas o un refresco? En lo personal… lo dudo. ¿Y usted?

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