Opinión

El efecto Lucifer, ¿también en los niños?

LA HOGUERA

Por  Gabriel Yàñez Pérez

Después de cuatro días de consternación social y al margen de las ramplonas justificaciones que pretenden exculparnos (como autoridades, sociedad o familia) de sucesos como la tragedia en el colegio Cervantes, de Torreón, Coahuila, lo más difícil de discernir es cómo, desde muy temprana edad, el ser humano es capaz de cometer actos delictivos o de barbarie, lo que nos lleva a reflexionar en el mal mucho más allá de una simple entelequia social. 

Tratar de entender las motivaciones que llevan a un niño de 11 años a cometer un asesinato y quitarse la vida, o las justificaciones por las que otro menor de 14 años participa en un secuestro, es algo tan complejo como multifactorial, por lo que en todo caso podemos hablar lo mismo de predisposiciones genéticas como de entornos socializadores. Para entender mucho del vuelco conductual que puede sufrir una persona, a grado tal de llevarnos a ejecutar actos tan deleznables que jamás hubiésemos imaginado, resulta muy ilustrativo el libro El efecto Lucifer, del psicólogo norteamericano Philip Zimbardo. Quizá lo recuerden más por el famoso experimento de la prisión de la Universidad de Stanford, aquel que incluso fue llevado al cine y que acabó en un verdadero escándalo mediático. A pesar de todos los inconvenientes, el Dr. Zimbardo logró demostrar con su hipótesis la fragilidad de nuestros valores y principios, los cuales pueden verse vulnerados y supeditados a factores externos y circunstancias casuísticas. A final de cuentas, hay que recordar que las motivaciones humanas no son abstracciones mentales, sino el resultado de construcciones axiológicas y acuerdos sociales que, en mayor o menor medida, siempre tendrán una connotación subjetiva, que en muchos de los casos es lo que nos lleva a verdaderos dilemas morales.

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Este libro, que describe los sucesos de ese conocido experimento, nos ilustra cómo alguien puede pasar de ser una buena persona a un villano, lo que significa que todos estamos expuestos a condiciones de vulnerabilidad que pueden, en determinado momento, deshumanizarnos y activar ese lado oscuro de nuestra naturaleza que nos haga cometer algún acto de maldad. Para ello, Zimbardo describe como todo acto de maldad, “el hecho de obrar deliberadamente de una forma que dañe, maltrate, humille o destruya a personas inocentes, o bien, de hacer uso de nuestro poder o autoridad para alentar o permitir que tales acciones se lleven a cabo en nuestro nombre”. La premisa fundamental de este experimento nos demostró cómo, independientemente de nuestra herencia genética, personalidad o legado familiar (costumbres y principios), en todos cabe la ambivalencia del bien y el mal. Así pues, para inducir una imaginación hostil, siempre habrán de estar presentes las llamadas fuerzas sistémicas que puedan llevarnos a cometer lo impensable, algo que desgraciadamente estamos viendo, puede darse desde muy temprana edad. Si adaptamos las premisas establecidas por el Dr. Zimbardo a los entornos escolares, encontramos factores exógenos que pueden ir moldeando el comportamiento de los alumnos, y en donde el bullying se ha convertido hoy en día en un elemento detonador.

Como lo menciono al inicio, la complejidad de estos hechos es multifactorial, de ahí que resultan sesgadas las apresuradas conjeturas que salieron a relucir el mismo día de los hechos, como la del gobernador de Coahuila, Miguel Ángel Riquelme, al culpar a los videojuegos; la de los medios de comunicación recriminando la violencia en que se encuentra el país, o la de la Unión Nacional de Padres de Familia, que hasta hoy nos enteramos que sigue existiendo, y que a través de su dirigente, Leonardo García Camarena, alude a los factores de disfuncionalidad familiar y a la necesidad de una educación en valores. En todo caso, todos estos factores requieren una valoración integral, pero en el caso particular de estas masacres escolares, deben considerarse primigeniamente elementos como la influencia social y el círculo de poder que puede dar paso a diversos tipos de acoso y/o exclusión, mismos que, en un momento dado, pueden hacer que un alumno bien portado y con buenas notas caiga presa de lo que se conoce como sesgo cognitivo.

Ante este fenómeno, es común que se tomen decisiones erróneas ante determinadas situaciones que, para cualquier individuo, pero sobre todo para un menor, pueden llegar a representarle una fuerte presión y una sobrecarga de estrés.

“Los niños no nacen ni buenos ni malos, sino con plantillas o esquemas mentales para hacer tanto cosas buenas como malas. La causa de que desarrollen más unos que otros de estos esquemas es principalmente influenciada por el entorno y los contextos de comportamiento en los que viven, juegan y se desarrollan”. Dr. Philip Zimbardo. 

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