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Opinión

Otoño veraniego, cambio climático y Cumbre Mundial

LA HOGUERA

Por Gabriel Yàñez Pérez

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Oficialmente, hace una semana que entramos ya al otoño, pero de dicha estación del año ni por enterados nos dimos. Y es que con la llegada de esta tradicional época del año, rememoran en el imaginario colectivo aquellas bucólicas imágenes con frescos paisajes, donde los árboles suelen despojarse de sus hojas y la luz solar acorta su presencia. Habitualmente, esta época del año inspira una cierta tranquilidad y nostalgia, la cual en ocasiones nos hace reflexionar sobre esa apresurada y hedonista cotidianidad que envuelve nuestra existencia. Pero en nuestro estado como en muchos lugares más, el cambio de estación no marca una diferencia climática y las altas temperaturas siguen sin darnos tregua. Con el paso del tiempo y como consecuencia del cambio climático que hemos ocasionado, el calor que sentimos se ha vuelto año con año cada vez más insoportable. Las estadísticas que sistemática y cronológicamente han venido registrando la ONU a través de sus diferentes programas ambientales, reflejan cómo es que ahora sí, literalmente, la lumbre parece habernos llegado a los aparejos. En este año, quizá como corolario de nuestro maltrato al planeta, se han tenido temperaturas tan excesivamente elevadas, que han venido a coronar toda una década que ha sido bautizada como la más calurosa en la historia del planeta.

Ante esta situación, en la medida en que hemos sido testigos de las inclemencias del tiempo, las discusiones sobre el cambio climático y el calentamiento global han dejado por fin de tener ese enfoque selectivo que por años había mantenido, donde sólo se escuchaban las voces de académicos, científicos y especialistas en el tema. Hoy en día, ante la observancia y experimentación de sucesos climáticos nunca antes vistos, la preocupación por el desequilibrio ecológico se ha ido afortunadamente socializando. Esto es algo que ya necesitábamos con urgencia, pues el involucramiento decisivo y consciente de la ciudadanía, era quizá lo que nos había estado faltando para alcanzar las expectativas proyectadas por los gobiernos locales, las cuales han sido establecidas como compromisos colectivos en el marco de acuerdos internacionales. Dentro de esos compromisos destacan los adoptados en el Acuerdo de París en el 2015, donde las naciones adheridas al mismo, entre ellas México, se comprometieron a reducir el calentamiento global con acciones precisas para limitar la emisión de los llamados gases de efecto invernadero.

Dentro de poco más de un mes y en seguimiento a lo contraído en dicho Acuerdo hace seis años, se realizará en Glasgow, Escocia, una cumbre anual más (la número 26) de la Convención Marco de la Naciones Unidas para el Cambio Climático. Esta Cumbre parece haber despertado un inusitado interés mundial, tanto por ser la primera después de una pausa por la covid-19, como por el histórico (y fatalista) informe publicado hace unos días por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés). Este informe que será sin duda el principal documento de análisis en la COP26, ha sido catalogado como una “señal de advertencia para la humanidad”, ya que en sus conclusiones se establece de forma lapidaria que sin reducciones drásticas en las emisiones de carbono en esta misma década, los incrementos de la temperatura global por encima de los 1.5 grados serán inevitables, irreversibles y con efectos catastróficos… ¿Más? Y es que para muchos, estos temas pueden seguir siendo algo lejano: sin embargo, el calentamiento global (producido por los gases de efecto invernadero) que ha alterado el natural proceso de efecto invernadero, llevándolo a límites muy por encima de lo que se requiere para garantizar la vida en el planeta, es una condición que termina por afectarnos a todos en mayor o menor medida. Por esta razón es prioridad involucrarnos en este tema y empezar a reconocer que sus repercusiones pueden afectarnos de manera tan directa como en el caso de los desastres naturales, o bien con afectaciones indirectas que repercuten en la calidad de vida, como por ejemplo la escasez en la producción de alimentos, y por ende el encarecimiento de los productos que llegan a nuestras mesas. Al igual que los académicos, científicos o expertos ambientalistas, todos, como parte de una comunidad global, debemos estar atentos a los resultados que arroje esta cumbre COP26 que se llevará a cabo del 1 al 12 de noviembre de este año. Veremos el cumplimiento que cada nación lleva en los compromisos pactados, ya que de ello dependerá la presión social hacia cada Gobierno. Como en nuestro caso por ejemplo, donde se anticipa una acalorada discusión en este tema, ya que además de que en el Proyecto de Presupuesto de Egresos de la Federación (Ppef) para el 2022, se contempla una reducción del 8.7 % en el rubro o anexo 16 denominado “Recursos para la Mitigación del Cambio Climático”, el 72 % de estos van dirigidos a la Comisión Federal de Electricidad (CFE), promoviéndose más la inversión en proyectos para la explotación de hidrocarburos que en energías limpias o renovables… ¿Un poco incongruente, no?

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