Opinión

Ganar y gobernar

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Por: Jorge Islas

Es muy probable que en los próximos días vayamos a escuchar diversas predicciones de lo que habrá de pasar o no, en el 2018. Algunos escenarios prospectivos seguramente serán más serios que otros, por la razón de que estarán basados en información certera y en un análisis más riguroso que la simple lectura de cartas astrales o de cartas de juego.

Para un charlatán, siempre habrá un tonto que lo quiera escuchar. Pero pensar el futuro no es mala idea, más aún cuando los escenarios pueden ser complejos para cualquier gobierno que inicia una administración con un gobierno dividido, lo cual creo es el escenario más factible dadas las actuales circunstancias del sistema electoral que tenemos, el cual estimula la fragmentación del voto, dando como resultado gobiernos divididos y eventualmente polarizados y sin mayorías.

En las predicciones políticas, seguramente la que mayor atención habrá de tener, es la que refiera al futuro ganador de la elección presidencial. Al que habrá de ser el próximo Presidente de la República. Es una especulación natural en cualquier democracia por dos razones. En primer lugar, porque se presupone que tenemos un sistema electoral y de partidos competitivo, plural y alternante. Esto quiere decir que las victorias no son para siempre para ningún partido o candidato y lo mismo aplica a la inversa. El ex presidente Miterrand de Francia es un buen ejemplo de ello.

En segundo lugar, porque se genera una expectativa de quien habrá de encabezar el próximo gobierno federal, por lo cerrado en que pudiera convertirse la campaña electoral entre las tres coaliciones que buscan la victoria. El hecho de que el día de hoy haya un puntero en las encuestas, no quiere decir que dentro de seis meses permanecerá igual, dado que los electores habremos de valorar las propuestas de cada candidato y su factibilidad.

Entiendo que, en muchos casos, serán más las propuestas emocionales o las historias lacrimógenas de los candidatos los mejores ganchos que ofrezcan para jalar votos que las propias ideas que nos presenten pero, a diferencia del pasado, los debates habrán de jugar un papel relevante que nos permitirán identificar el carácter, liderazgo y sugerencias de cada candidato.

Como sea, el futuro Presidente tendrá el reto de lograr pasar previamente un umbral del 30 al 32% del total de los votos, para asegurar ser el inquilino de Los Pinos en los próximos seis años. El problema es que, a diferencia del pasado, muy probablemente se enfrentará a un Congreso adverso en donde la coalición que lo haya postulado, no tendrá mayoría para respaldar sus políticas ni programa de gobierno.

En efecto, nos daremos cuenta de que hay una nueva realidad, en donde ganar una elección no es suficiente para gobernar una pluralidad política representada en el parlamento, salvo que opte por conformar un gobierno de coalición, esto es, un gobierno en donde tenga que compartir una agenda de acciones y planes con el partido o los partidos que le garanticen una mayoría estable en el congreso.

Es irónico pero factible que el ganador de la elección presidencial tenga que recurrir a una nueva coalición de gobierno y dejar de lado a sus hoy acompañantes de campaña, por la sencilla razón que sus votos no fueron suficientes en el Congreso para mantener su alianza. Esto complicaría las cosas, porque una nueva coalición de gobierno presupone nuevos acuerdos, entre ellos la posible cohabitación de temas y de carteras de gobierno.

Sin ser fatalista, me preocupa ver que ante este escenario no hay ley reglamentaria de los gobiernos de coalición que nos orienten qué va a pasar en el supuesto de que se tenga que recurrir a esta figura. Al no haber ley alguna, no hay certeza alguna de cómo y de qué manera articular el mecanismo que permitirá hacer gobierno de una manera más o menos civilizada y ordenada.

También hay que pensar en lo que viene después de la elección.