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García Márquez

EL ARTE DE NOVELAR

No debí tomarle esa foto, me confío Daniel Mordzinski. Vi a García Márquez sentado en una cama cubierta de blanco, frente a una ventana por la que entraba una intensa luz solar. Él también vestía de blanco y se hallaba descalzo.

Todos los que he retratado en esa postura han muerto, añadió el fotógrafo argentino cuya pasión es registrar escritores. Quise responderle que no ocurriría, que el colombiano era otra cosa, pero permanecí pasmado. Dos semanas después, en una cena en casa de Phillipe y Letty, en París, pregunté a Gonzalo García si era cierto que en un examen para estudiar en Londres le habían preguntado sobre el significado del gallo que no se comían en El coronel no tiene quien le escriba y que la respuesta, escuchada a su padre en numerosas conversaciones, fue considerada incorrecta. Sonrío largo, sonreí y dijimos salud.

Una mañana me llamó Carlos Barriga: fiesta colombiana en la tarde: sancocho, patacones, arepas, aguardiente, vallenatos. Iría García Márquez. Le dije que no lo creía, expresó que él tampoco pero que tal cual me la vendía. No se presentó. Esa tarde comprendí la diferencia abismal entre los garcíamarquitos y los que mataban a papá. Comprendí también, y nada como una borrachera para que eso ocurra, por qué García Márquez era tan grande y por qué no le importaba arrastrar tantos escritores jóvenes, cuyas voces, seguramente se le confundían con las de sus fantasmas que una noche sí y otra también cuidaban su sueño inquieto.

Les conté que Cien años de soledad no me había parecido tan interesante porque eran las mismas historias que escuchaba en El continente a mis abuelos y que Macondo se parecía mucho a Navolato, que ya tenía ingenio azucarero para sus cañaverales. Comentaron entonces que García Márquez se había encerrado en la cantina de Aracataca con los viejos del pueblo y pagó el aguardiente por tres días hasta que le contaron todo el asunto de las bananeras. Fue lindo. El rostro del que lo contó tenía el brillo propio del que posee la verdad y no necesita que los demás la reconozcan para llevarla por el planeta.

Pero yo que gasto mis madrugadas en inventar historias sé que hay imágenes en el mundo que pertenecen al orgullo de Aracataca y a nadie más. Hace unos años, buscando lo que no se me había perdido como lo debe hacer cualquier narrador de respeto, llegué al Chaco paraguayo. Nos hallábamos en terrenos inmensos, de maleza rastrera, árboles escasos y un calor tipo Culiacán en agosto. Avanzaba por un camino de tierra con Fernando Pistilli, en una Toyota, ansiosos por llegar a un pueblo y a una cerveza fría. De pronto, unos metros adelante, de una brecha surgió un hombre en una bicicleta que tomó nuestra misma ruta. Sobre su sombrero flotaban un par de cientos de mariposas blancas. Mauricio Babilonia, murmuré. Y quedamos con la boca abierta. Nunca pensamos en preguntarle al ciclista si íbamos en el sentido correcto hacía algún pueblo. Simplemente lo contemplamos alejarse. Igual que ustedes, nosotros también sabemos que las mariposas amarillas fuera del Magdalena, pueden ser de cualquier color.

Llegué de Cartagena y a los días fui a Recobeco con el profe Cruz, que con el club de lectura La hojarasca, ha despertado en sus alumnos el gusto por la lectura y demostrado a padres y autoridades educativas el valor del color amarillo. Les platiqué del convento de Santa Clara frente a la casa del maestro; pero sobre todo, del cuento que me compartió Óscar Collazos, de que una noche García Márquez, huyendo de Bogotá, llegó hasta una pequeña plaza con una estatua de Bolívar y se quedó dormido. Era muy joven y aún no se dejaba el bigote. Cuando amaneció, se puso de pie, antes de ver lo astroso de su ropa, observó a su ángel guardián y le prometió escribirle una novela. Dicen que el libertador dudó pero no hizo un gesto. El que de plano no lo creyó fue el caballo que no le importó ser de bronce para soltar el pajoso sobre otro trasnochador que aún dormía.

Las formas de querer a García Márquez son infinitas. Todas me gustan. Desde luego, la ejemplar de Mercedes y de sus hijos, la de Álvaro Rendón, "El feroz", que compraba todos sus libros sin importarle las críticas en contra; la de mi casa no está mal: Leonor encendió una veladora y le rezamos un Padre Nuestro, después leímos una página: "Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados." Y otra de Crónica de una muerte anunciada. Luego abrimos un ron de Caldas que tiene ese sabor quemante que los colombianos convierten en sonrisas. García Márquez es nuestro John Lennon, y el oficialismo no lo convertirá en otra cosa. ¡Claro que no!