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Opinión

Gárgaras de champú

Por: Marisa Pineda

Si usted está un tanto agobiado porque para donde voltee el tema político acapara espacios en medios de comunicación y redes sociales, ha llegado al lugar indicado. Aquí, eso del análisis político se lo dejamos a los que saben (y mira que tenemos la dicha de contar entre los amigos a quienes ¡vaya que le saben!). Aplicando la filosófica sentencia “cada chango a su mecate”, aquí hablamos de cosas tales como…. el champú. Sí, leyó usted bien, del champú; ese producto oloroso y espumoso que es parte de la rutina de aseo. En distintos momentos de la última semana han salido a la plática las bolsitas de champú. Aclaración, no los sobres que se venden ahora en las tiendas y que son superútiles a la hora de hacer el equipaje. Estas eran unas bolsitas como almohadillas que al abrirlas la mitad del producto quedaba en la boca y el resto entre la ropa y el envase. Por allá por la segunda parte del siglo 20... No, olvídelo, se oye muuuy antiguo... Por allá a finales de los años 70 (así está mejor) una marca de champú sacó al mercado una presentación que causó furor: el empaque en bolsitas. Unas simpáticas almohadillas que cabían en la palma de la mano. El producto se vendía principalmente en la tienda de la esquina y en boticas, y se presentaba en unos vitroleros que resultaban sumamente atractivos por la variedad de colores: verde (el de hierbas), azul (crematizado), amarillo (con huevo) y rosa (enjuague).

Eso de que cada presentación era para cada tipo de pelo en la realidad era un mito, todos servían para lo mismo: para tragarlos. Sí, las bolsitas muy monas, muy socorridas al final de la quincena, pero llegada la hora de abrirlo, ya bajo la regadera, ocurría que estaban empacados con tal presión que mal les clavaba el diente cuando el producto salía disparado directo al paladar. Por más que lo escupiera, media hora después seguía –literal- echando espuma por la boca, eso sí, con un agradable aroma. Peor era cuando la mamá ya estaba bajo la ducha y echaba el grito, por entre la cortina una mano se asomaba extendiendo la bolsita con la orden “ábrelo”. En ese caso el menor de los males era tragar el champú, el problema era que más de la mitad quedaba en la panza, por dentro y por fuera, porque al salir disparado era casi imposible que no cayera en el vestido. Al final, la regañada era porque además de que “se te tiró casi todo”, uno había ensuciado la ropa.

La compañía que los elaboraba mejoró la presentación y hoy en día los ofrece en unos sobres más prácticos, pero que no dejan margen para la anécdota como sus antecesoras las bolsitas. Por mera curiosidad a los del Departamento de Investigaciones de “A dos de tres” les dio por buscar si aún se conseguían en su empaque original y cuál fue su sorpresa al descubrir que en los sitios de ventas por internet se encuentran como producto vintage (o sea, viejo) a la friolera cantidad de 110 pesos cada bolsita. Por toda la redacción de “A dos de tres” se oyó el grito “¡¿Cuaaántoo?!” al descubrir el precio y enseguida se oyó “pues ni que fuera el de huevo”. Muchas gracias por leer estas líneas.
Comentarios, sugerencias y etcétera, por favor en adosdetres@hotmail.com. En Twitter, en @MarisaPineda. Que tenga una semana con gratos colores.