Opinión

En política, si hay cultura, se puede ser adversario sin ser enemigo

DEVERAS

Por  GERARDO VARGAS LANDEROS

La declaración del presidente Andrés Manuel López Obrador, en una conferencia mañanera, de que se debería cumplir el acuerdo legislativo previo, con rango de ley, a fin de que el PAN ocupara la presidencia de la Cámara de Diputados Federales, y con ello del Congreso de la Unión, demuestra de modo irrefutable que él es esencialmente un político propiamente dicho y, como tal, tiene una mentalidad apegada a un sistema que no es otro que el sistema democrático, representativo, plural y respetuoso de las minorías partidarias.

"No somos los mismos,  somos diferentes. Enarbolamos el Estado de derecho, no el Estado de chueco. Todo por la ley y la razón. Nada por la fuerza y la prepotencia. Padecimos la acción de la aplanadora cuando éramos oposición. No vamos a caer en la misma práctica arbitraria y nefasta de modificar leyes a modo para imponer y avasallar". Con estas o parecidas palabras, AMLO trascendiendo su papel de jefe de Estado y jefe de Gobierno, se vio en la obligación imperiosa e involuntaria de intervenir y trazar la línea del partido Morena, al cual había pedido permiso como militante para impedir que los que disfrazan su ambición de ardor morenista se salieran con la suya y lograran una victoria pírrica, o sea, de esas en que se pierde más de lo que se gana. Nada más que esto sólo lo saben vislumbrar aquellos que tienen una visión panorámica, aguda y hasta clarividente, es decir, que tienen verdaderas cualidades de político.

La gran lección de los acontecimientos del primero de julio de 2018 y lo que va de 2019 no ha sido entendida y asimilada por la mayoría de los conservadores opositores a la cuarta transformación, pero tampoco por muchos de los morenistas que resultaron electos sin sudar la camiseta ni gastar suela. No agarran la onda, como dicen los jóvenes. Sin embargo, la experiencia que viví como diputado de la LX Legislatura, en todos los partidos hay elementos cultos, inteligentes, serios, dignos de integrar un comité directivo por méritos propios, con responsabilidad y capacidad. De modo que, con voluntad política, en nada perjudica que la honorable presidencia de la Cámara sea ocupada por una diputada panista que, seguramente, sabrá conducir los debates con fluidez, aunque no posea la gran elocuencia y sapiencia legendaria de Porfirio.

Nadie pide la parsimonia parlamentaria de la Cámara de los Comunes británica. Todavía no tenemos la cultura y la flema inglesa. Aquí, si los diputados estuvieran amontonados en el recinto como los parlamentarios ingleses, si no cuchilladas, sí trompadas abundarían, dada nuestra cultura peleonera, pero no llegaría la sangre al río, como en décadas pasadas en que los diputados llegaban con pistola al cinto y hasta un diputado, Jorge Meixueiro, se suicidó porque lo reprobaron en el Colegio Electoral en la sede legislativa de Donceles.

Así pues, es cuestión de cultura, y llegará el día en que los diputados mexicanos de todos los colores y banderas emulen a sus homólogos ingleses y se dirijan, con voz meliflua, a sus colegas como "muy distinguido caballero" o bien "muy apreciable dama". Y nadie intentará reformar una ley, mediante mayoriteo abusivo, para meterle zancadilla a toda una fracción parlamentaria blanquiazul.

La moraleja de esta escaramuza parlamentaria, que tanta polvareda levantó, es que un líder debe saber conducir y también debe saber explicar a su país. Se da el caso que AMLO tiene ambos saberes y cumple los dos deberes de lunes a viernes en las mañaneras.