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Guerrilla buena, guerrilla mala

ESTRICTAMENTE PERSONAL

Coincidentes por la coyuntura, el mismo fin de semana hubo dos momentos de dos guerrillas, el EZLN y el EPR. El Subcomandante Marcos anunció su retiro como vocero y autor de comunicados zapatistas en forma de poemas y ensayos, que despertó una vez más el romanticismo épico de las luchas sociales, al tiempo que se cumplieron siete años de la desaparición de dos jefes eperristas, Gabriel Cruz Sánchez, hermano de Tiburcio, el líder histórico del EPR, y Edmundo Reyes Amaya, a quienes se vio con vida por última vez el 25 de mayo de 2007 en el centro de Oaxaca. Emergió el recuerdo de los dos movimientos armados con el énfasis inopinado de cómo el Estado Mexicano ve, percibe y trata con ambos, definido claramente por el expresidente Ernesto Zedillo cuando habló del EZLN como la guerrilla buena, y del EPR como la guerrilla mala.

No fue una descripción ocurrente la de Zedillo, sino que marcó la forma como abordaría a los dos grupos. Para el EZLN hubo tolerancia y aceptación. Para el EPR, persecución y lucha permanente. A los primeros le regaló el gobierno federal la libertad; a los segundos les desaparecieron militantes como parte de una política de Estado. No fue un acto discrecional sin fundamento. El EZLN, que nació como grupo armado, ha tenido un comportamiento más cercano a una ONG –sin ser técnica o políticamente una de ellas–, mientras que el EPR es y ha sido un problema de seguridad nacional. Los zapatistas, de la pluma de Marcos, hicieron de las ideas y la prosa su mejor arma; los eperristas siempre se han regido por la doctrina de la Guerra Popular Prolongada.

Al EZLN se le perdonó todo, en buena parte porque en una contradicción de lo que es un movimiento armado, que se prepara durante toda una década en la construcción de sus redes logísticas, financieras, adoctrinamiento y capacitación de sus cuadros antes de realizar su primera acción militar, a menos de dos semanas de organizar el alzamiento indígena en Chiapas, Marcos se sentó a la mesa de las negociaciones con representantes del Estado "burgués" al que le declararon la guerra. Acción política audaz e inteligente, pero desde un punto de vista de la revolución armada, traicionera. Los cuadros militares que tenía el EZLN abandonaron la causa por esa razón que, sin embargo, avanzó estratégicamente por la vía de la política institucional, no de la lucha armada.

El gobierno federal atrapó rápidamente a sus correos, y a uno de ellos, que fue utilizado por el EZLN como mensajero, vinculado a un periódico mexicano, le perdonó ir a la cárcel a cambio que dejara de hacer, hablar y escribir de política. Sobre Marcos, plenamente identificado, nunca actuaron en su contra. El Ejército lo pudo haber detenido en al menos dos ocasiones, y la orden desde la ciudad de México fue dejarlo en paz. En otra ocasión un francotirador del Ejército tuvo su cabeza en la mira, pero no le autorizaron disparar. Conocían todo lo que hacía, y sabían el nombre y la biografía de cada uno de los comandantes indígenas, muchos de ellos mestizos, que siempre estaban encapuchados. El presidente Vicente Fox, incluso, contraviniendo la Constitución, les permitió recorrer el país en una caravana zapatista que fue un festival de emociones.

El EPR fue otra cosa. Intentó secuestrar una vez al presidente Zedillo y al frustrar el Estado Mayor Presidencial el atentado, eliminó también a toda la célula que quiso atacarlo mientras hacía ejercicio en el Bosque de Tlalpan. El presidente Fox ordenó la embestida en su contra y les reventaron sus casas de seguridad en la ciudad de México que acompañaron las detenciones de familiares de sus dirigentes. La respuesta al acoso del Estado Mexicano fue el linchamiento de tres policías federales en Tláhuac cuando se les estaban acercando en 2004. El EPR hizo prácticas de guerrilla urbana durante el conflicto social en Oaxaca en 2006 y al año siguiente desaparecieron Cruz Sánchez y Reyes Amaya.

Razones tácticas y estratégicas del Estado Mexicano han moldeado la relación con el EZLN y el EPR, que en el caso de los zapatistas llega, cuando menos por ahora, al final de una etapa de dos décadas con el retiro de Marcos y el relevo generacional de los que vendrán a tomar el liderazgo. Pero en el caso del EPR es una herida abierta el que sigan desaparecidos sus dos militantes. El gobierno del presidente Enrique Peña Nieto, fuera de toda culpa de aquél episodio, tiene la responsabilidad de llegar a la verdad sobre qué sucedió con Cruz Sánchez y Reyes Amaya, y castigar a aquellos que dentro del Estado Mexicano quieren mantener una guerra sucia que creíamos desterrada. Siete años de silencio cómplice siempre han sido demasiados, y esa noche tan negra y larga, debe terminar.

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