publicidad
Conéctate a El Debate

O conéctate con...

Usuarios registrados

Cancelar

Hazme un sitio en tu montura, papá

Bienvenido, Luis Donaldo Colosio García, hijo, nieto y bisnieto de padres muy padres. La muerte de un padre arranca un trozo de alma y deja un muñón de desamparo. Los hijos nos vamos dando cuenta poco a poco: cuando llega la primera Nochebuena y permanecemos de pie en la sala unos segundos, desconcertados, buscándolo con la mirada; cuando enfrentamos una encrucijada, tomamos el teléfono para abrevar de su sabiduría y nos detenemos antes de marcar el número; cuando guardamos una copia del papel que evidencia nuestro éxito para enviársela; cuando nos levantamos con el pie izquierdo, nos peleamos con todos, nos sentimos incomprendidos y nos aferramos a la idea de que él estará ahí, de nuestro lado.

Pero él ya no está ahí. Está en otra parte, sin duda, pero no ahí. Ya no podemos verlo ni escucharlo, y aún porfiamos un rato en la negación inconsciente. Seguimos hablando de él en presente, citamos sus refranes como si nos los acabara de compartir, como si pudiera agregar uno nuevo al repertorio, leemos una noticia importante y esperamos su comentario. Hasta que, finalmente, asimilamos el hecho de que se ha ido y se ha llevado con él la certidumbre, de que su lugar es ahora habitado por un abismo y de que nos hemos quedado sin asidero, trastabillando, a punto de perder el equilibrio y caer quién sabe a dónde.

Van a cumplirse ocho años de la partida de mi papá. Me habían dicho que el duelo y el enojo duran unos meses, mientras "el ciclo se cierra", pero supongo que en mi caso el mentado ciclo es mucho más largo, porque con mi madre también me tardé más de un lustro en cerrarlo. Permítaseme pues intentar despedirme de él hoy aquí, en este espacio. No pude hacerlo en sus últimos instantes por causas de fuerza mayor, porque eran tan pocas las oportunidades que me daban de ver al menor de mis hijos que no podía desaprovechar ninguna. Se lo dije antes de mi viaje y lo comprendió. Me dolió cuando me enteré que me estuvo esperando, que hizo un esfuerzo para aguantar unas horas más a que yo regresara a toda prisa de Inglaterra, pero sé que conté y cuento con su solidaridad en mi brega por estar presente, pese a los crecientes obstáculos, en la vida de mi pequeño.

¿Qué le habría dicho si hubiera alcanzado a estar con él en sus minutos finales? Quizá mi angustia me habría hecho reprocharle que no se haya operado la próstata, que se haya dejado arrastrar por la pinche insuficiencia renal. ¿Acaso no sabía que el mundo se empobrecería sin él, carajo? O tal vez mi desesperación me habría llevado a lamerme alguna herida juvenil. No sé cuál, aunque se me ocurre que podría haber apelado a Adler y echarle en cara que me haya hecho competitivo al grado de contender con él, resentir que me ganaba y asumir que tenía que ganarle. Podría haberle reclamado las palabras hirientes que un día me lanzó movido por sus reflejos de viejo peleador. Pero no... Lo más probable es que un nudo en la garganta me habría impedido hablar, y a lo mejor me habría limitado a abrazarlo.

¿Qué sé yo? Uno escribe cosas a guisa de catarsis para superar el enfado por la ausencia, pero frente a la agonía paterna no puede haber más que desolación. Creo que lo que habría hecho es darle las gracias en silencio. Por su generosidad, por su ejemplo, porque pese a mis defectos me hizo un hombre de bien. Le habría agradecido su enorme testimonio de honestidad, de valentía, de compromiso con sus ideales. Posiblemente me habría quejado un poco, eso sí, porque no es fácil cargar una figura de su tamaño: ¡uno no puede relajar los músculos éticos ni un segundo sin sentir el regaño retumbar en los oídos! Pero seguramente me habría desbordado la gratitud por saberme heredero de un nombre limpio, hecho de inteligencia y no de dinero, de cultura y no de poder, de autenticidad y no de apariencias.

Esta Navidad vivo, como mi país, tiempos difíciles, y me asalta el poema de León Felipe. "¡Cuántas veces, Don Quijote, por esa misma llanura, / en horas de desaliento así te miro pasar! / ¡Y cuántas veces te grito: Hazme un sitio en tu montura / y llévame a tu lugar; / hazme un sitio en tu montura, / caballero derrotado, hazme un sitio en tu montura / que yo también voy cargado / de amargura / y no puedo batallar! // Ponme a la grupa contigo, / caballero del honor, / ponme a la grupa contigo, / y llévame a ser contigo / pastor". Nadie como él me va a entender, porque nadie encarnó al Quijote como mi padre.

Perdóname, papá, que mi despedida se dé en estos momentos de desasosiego. Me haré cargo de mi otra ausencia, esa presencia alejada, y aunque me siento impotente frente la corrupción que nos rodea no dejaré de luchar por redimir a nuestro México desgarrado. Pero hoy necesito que tú, caballero del honor, me hagas un sitio en tu montura. Es la última vez que te lo pido. Mañana me levantaré con fuerza de voluntad y volveré a valerme por mí mismo, como me enseñaste. Mañana te habré dicho adiós, y ya no estaré enojado, y sólo te evocaré con una sonrisa en el corazón. Y en mi suelo y en tu cielo reverberará la palabra perdón, la que aprendí cuando tus certezas sujetaban mi vida.