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Humanizar la migración

DIVAGACIONES DE LA MANZANA

La migración entre países o regiones que tienen entre sí profundas asimetrías socioeconómicas da lugar a problemáticas complejas que deberían enfrentarse con medidas integrales.

Aunque, hay que reconocerlo, el éxodo de habitantes de un país con menor desarrollo hacia otro con mejores niveles de vida tiene sustento también en las falsas promesas de los políticos y gobernantes de uno y otro lado.

En nuestro país es evidente que, dada la vecindad geográfica con Estados Unidos, la gran potencia del mundo ha sido un imán y muchas veces hasta un espejismo para quienes acuden en la búsqueda, ya no digamos de una mejor calidad de vida, sino simplemente de un empleo para la supervivencia. Personas ávidas de una fuente de trabajo que los gobiernos mexicanos no han sido capaces de ofrecer de manera suficiente en los últimos sexenios.

Bien sabemos que ese fenómeno migratorio, que lleva décadas de presentarse a lo largo de nuestras fronteras, se complica año con año en la medida en que el desempleo crece en nuestro país, a lo que se suma el hecho innegable de que los salarios de los escasos empleos disponibles son poco remunerativos.

Ahora la situación se ha tornado aún más complicada, pues México se ha convertido también en un paso obligado para una multitud de centroamericanos que arriesgan todo para llegar a Estados Unidos, en aras –al igual que los migrantes mexicanos– de empleo y condiciones dignas de vida. Porque suman miles los hombres y mujeres de todas las edades que, provenientes de Guatemala, El Salvador o alguna otra nación hermana, recorren mes con mes nuestro territorio de sur a norte a pesar de los riesgos que implica su travesía. Estos peligros van desde el engaño y el fraude por parte de los llamados polleros –sujetos sin visos de humanidad que obtienen pagos elevados por pasar a los migrantes al otro lado, supuestamente con un empleo asegurado, que por lo general resulta ser inexistente– hasta la detención y deportación a su lugar de origen. Por desgracia, los riesgos no terminan ahí, pues en su trayecto a lo largo de nuestro territorio son víctimas de la delincuencia, que los hace sujetos de robos, vejaciones –las mujeres suelen llevar la peor parte, pues son agredidas sexualmente– y secuestros, e incluso no es raro que la aventura les cueste la vida.

Este triste, cruel y amargo panorama se agudiza en nuestros días con la creciente cantidad de menores de edad que cruzan la frontera sin la compañía de adultos. Lo peor es que, además de todos los riesgos que viven en el camino, al llegar a la anhelada nación del American way of life son detenidos y, sin la menor consideración por sus derechos humanos, confinados en campos de concentración para finalmente regresarlos a sus países de origen.

Con frecuencia tenemos noticia de la violencia y discriminación contra los migrantes por parte de funcionarios y policías de ambos países. Esto, que de suyo es condenable, resulta aún más indignante en el caso de los niños migrantes, que son sujetos de malos tratos y de una deleznable y vergonzosa discriminación, que revela la peor faceta de la sociedad estadounidense.

Lo peor es que hasta la fecha no existe entre Estados Unidos y América Latina un pacto, un compromiso, un programa continental para encauzar esa fuerza de trabajo que históricamente le ha convenido y beneficiado a esa poderosa nación por su bajo costo, porque se contrata con la ausencia de prestaciones y porque se ocupa de realizar tareas que los propios estadunidenses no están dispuestos a llevar a cabo.

Urge, entonces, establecer acuerdos bilaterales justos y armónicos que regulen esos flujos de trabajadores, con el ideal de que nunca más sean criminalizados o sometidos a la explotación vil y el maltrato, y que cesen por fin la separación de las familias y el desamparo de los niños.

Nuestras autoridades deberían hacer el mayor esfuerzo para conseguir un convenio digno para nuestros compatriotas por la vía del derecho internacional, teniendo presentes en todo momento los derechos humanos y, en particular, los derechos de la infancia. Tendrían que normar su actuación siempre con la mira puesta en la justicia y la prosperidad compartida, no sólo en territorios de esa potencia mundial, sino en cualquier rincón del mundo y más allá de toda línea fronteriza.

www.marthachapa.net