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Incivilidad vial

GUASAVE

Las estadísticas en cuanto a la cantidad de accidentes, en sus diferentes modalidades, que se registran a lo largo y ancho de Sinaloa, son demoledoras y está demostrado que están entre los primeros lugares como causales de muerte.

En los últimos años un diagnóstico de las autoridades que llevan un control revela que en el cuadro de mortalidad general, los decesos por accidente oscilan entre el tercer y cuarto lugar.

Si bien es verdad se carece de datos precisos a la mano, en lo que va del nuevo siglo, la posición en esa escala, pruebas en contrario, no ha tenido variaciones importantes, no a la baja, por lo menos. Después de las enfermedades del corazón, la violencia y la diabetes, las defunciones por percances automovilísticos son las más numerosas.

Sin embargo a pesar de lo elevado de los índices de mortalidad por esos motivos, parece que nadie repara en el fenómeno. Los fallecimientos provocados ya por choques, ya por atropellamientos o volcaduras, son asumidos como algo muy natural, sin que haya preocupación por analizar a fondo el problema.

Precisamente los accidentes viales con o sin consecuencias fatales tienen que ver más con la imprudencia e irresponsabilidad del chofer o de la propia víctima.

Evidentemente a las autoridades del ramo no les falta razón al dar por sentada la imposibilidad de prevenir todos los percances por muchos recursos que se apliquen y mayor vigilancia y programas que se establezcan con tal propósito.

Es verdad que es virtualmente imposible ejercer un control sobre acciones y actitudes individuales de quienes se colocan frente a un volante y de los propios transeúntes que circulan por carreteras, calles y caminos. Eso no ocurrirá nunca.

Las frecuentes rachas de accidentes automovilísticos que arrojan terribles saldos ilustra en toda su dimensión el problema de la falta de cultura vial en general de todos los sinaloenses.

La alta incidencia de percances que arrastran estelas de sangre, dolor y muerte, son claros ejemplos de esa incultura, inconsciencia y absoluto desprecio a la precaución, que a su paso continúa sembrando cadáveres.

Lo lamentable de todo esto es que no obstante los esfuerzos que se realizan para inculcar una educación de respeto a leyes y reglamentos de tránsito, para tratar de imbuir en conductores y peatones la importancia de comportarse reflexivamente, en la práctica se vayan al fracaso.

Por supuesto la perspectiva que sobre el tema se tiene y los resultados tan pobres que se obtienen no deben desanimar a los responsables del área, antes al contrario, habría que redoblar empeños para impulsar los programas de orientación que permitan erradicar vicios de automovilistas y transeúntes, pero más allá de eso, en tanto no haya en estos voluntad y conciencia, no hay que esperar cambios en sus torcidas conductas.

Incluso si es necesario a despecho de que se levanten voces de protesta actuar con energía extrema, sobre todo en aquellos casos de choferes ebrios, por lo regular, autores de muchas tragedias y si así lo ameritara el tamaño de las infracciones retirar de por vida las licencias de manejar.

Empezar a aplicar multas a peatones que se resisten a sujetarse a los reglamentos como ocurre en cualquier sociedad moderna y de leyes, obligada a regirse por las más elementales normas y dar paso a la convivencia armoniosa, basada en la consideración y acatamiento ciudadano mutuo.