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Ineptitud e irresponsabilidad

DIVAGACIONES DE LA MANZANA

Ya desde los tiempos en que Marcelo Ebrard comenzaba su gestión al frente de la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal algunos de los servidores públicos que habían venido trabajando en esa institución desde la administración anterior, así como muchos otros integrantes del ámbito político –sobre todo los que conocían el pasado priista del nuevo jefe de Gobierno– pronosticaron que el sello de la incompetencia y la desmesura marcarían su gestión.

Para empezar, al poco tiempo de haber llegado al cargo más importante de la administración en la capital del país, Ebrard hizo caso omiso de las capacidades y méritos de un nutrido grupo de servidores públicos leales y eficientes, comprometidos no sólo con un proyecto de izquierda, sino también con las instituciones. Simplemente, los dejó fuera. Él, ávido de poder, como siempre, prefirió imponer a sus incondicionales, sin reparar en preparación y capacidades, totalmente divorciado de un modelo responsable y confiable de corte meritocrático. Si acaso, se vio forzado a ratificar a unos cuantos empleados en su puesto o rotarlos de acuerdo con el pago de cuotas políticas y administrativas a las tribus predominantes del Partido de la Revolución Democrática.

Más allá de resentimientos o de impotencia al verse desempleados no obstante sus aportes profesionales al gobierno de la ciudad, muchos continuaron por sus propios caminos con dignidad, congruencia y ética, de acuerdo con su profesión y espacios posibles de trabajo, aunque desde ese momento auguraron que la gestión de Ebrard estaría envuelta por la vanidad, la prepotencia, los afanes estrictamente personales y el relumbrón de campañas informativas y propagandísticas lubricadas también por un gasto excesivo de los recursos públicos. Y no se equivocaron.

Al paso de unos cuantos años fueron notorias todas estas maquinaciones del poder por el poder, lejos del servicio genuino a los ciudadanos y al margen de los intereses de la capital de la nación, en lo que se reducía a una mera fórmula de trampolín o catapulta para llegar a más… pero solamente para un beneficio individual, al margen de los demás y, por supuesto, sin tomar en consideración los intereses de la ciudad de México.

Hay varios ejemplos que ilustrarían sobradamente los ardides e incompetencias de Marcelo Ebrard, pero baste hoy asomarse a lo que se consideró la obra magna de su sexenio: la Línea 12 del Metro, a la que incluso llamó Línea Dorada, muy en consonancia de sus egocentrismos.

El escandaloso caso de las deficiencias que se han evidenciado en las últimas semanas nos permite ver con toda claridad la falta de planeación, el derroche, la engañifa y el desdén hacia la ciudadanía, pues ahora sabemos sobre los riesgos que se corrían de seguir operando sin ton ni son esa ruta, lo que pudo haber derivado en una gran tragedia, como aquel accidente que se registró en ese mismo sistema de transporte colectivo hace casi 40 años, en 1975. Ahora, por fortuna no ocurrió lo que pudo haber sido una desgracia mayor que aquella, pero eso no ha impedido que se hagan patentes la ineptitud, irresponsabilidad, demagogia y despilfarros de Marcelo Ebrard.

Urge, pues, que se lleve hasta las últimas consecuencias la investigación ya anunciada, y de proceder –como creemos que ocurrirá– ahora sí se le finquen responsabilidades al exjefe de Gobierno y no sólo a unos cuantos chivos expiatorios, como ha pasado en situaciones similares. La opinión pública exige, y con razón, que se sancione cualquier acto de corrupción e impunidad que se haya cometido en el grave asunto de la Línea 12 del Metro citadino.

Otra consecuencia más de este asunto está la vista: de seguro, la militancia del perredismo se opondrá férreamente a que Marcelo Ebrard presida ese partido y, por supuesto, a que más adelante obtenga la candidatura a la Presidencia de la República. Tenerlo como candidato para la máxima magistratura resultaría catastrófico para las izquierdas, pues los millones de votos con que contaron en las elecciones más recientes se reducirían considerablemente, en un claro repudio hacia quien mantuvo nuestra ciudad llena de baches, con servicios deficientes, ocurrencias derrochadoras y otros yerros.

Ante este panorama, digo yo, si hubiera que aplicar el estribillo de alguna canción popular a Marcelo Ebrard, se me ocurre que bien podría ser: "En el tren de la ausencia me voy, mi boleto no tiene regreso…".

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