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Opinión

Intestado

Divagaciones de la Manzana

Por Martha Chapa

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No se trata, no, de una promoción para que acudamos a formular nuestro testamento hereditario, ya sea en vida o una vez que concluya la existencia. Tampoco, del anuncio del Mes del Testamento, qué año con año, se realiza en diversas alcaldías de la Ciudad de México para formalizarlo.

Me refiero a la inusitada declaración del presidente López Obrador, en ocasión de una recaída de su salud, vinculada a la elaboración de su testamento político, mismo que daría a conocer en algún momento. Aludió también, a que de no hacerlo sería irresponsable y de paso arriesgaría el proceso de su supuesta transformación que dice haber iniciado ya durante su gestión.

Surgen entonces dos cuestiones, que contradicen e invalidan tal decisión o intentona, pues lejos de ser personal implica a la vida institucional del país. Primero, porque nadie tiene facultades para imponer lo que se tiene que hacer en el futuro del país, ya que eso corresponde a una decisión ciudadana en el marco de la democracia, como en la nuestra, que cada seis años vota a favor o en contra de un proyecto político. Segundo, porque tenemos una Constitución Política, que contiene ideas, conceptos y mandatos sobre los senderos que guían la marcha del país.

Por eso, el anuncio que hizo en días recientes refleja fidedignamente su forma de ser, pensar y ver a la política y la gobernanza. Conlleva su proverbial autoritarismo de que lo que él piensa es lo legítimo y necesario para el avance de la Nación, además de su desdén por la democracia.

De ser como él lo afirma, las instituciones sobrarían y lo que contaría es la voz y decisión de un solo hombre sobre una sociedad con más de cien millones de ciudadanos, que en su mayoría piensan diferente o hasta contrariamente a los ejes que enmarcan al actual régimen. Muestra también, su marcada manía de distraer y justificarse con declaraciones estridentes y engañosas.

Recordemos de paso, que a lo largo de la historia se ha comprobado que los legados son mera retórica y visiones, tan coyunturales y generalistas y enmarañadas por otras ambiciones personalistas o de grupo, que nadie ha seguido o cumplido en el siguiente turno de gobierno, ya se trate, por ejemplo, del caso de Lenin o de Franco.

En todo caso, toca a los ciudadanos analizar, valorar y juzgar los avances y retrocesos de un régimen, cualesquiera de que se trate, como depositaria genuina de la soberanía para determinar el futuro inmediato de la Patria, máxime en esta administración, que sólo ha acumulado poder para destruir instituciones, despreciar recurrentemente la voluntad popular y recaer, una y otra vez, en la ineptitud y el despilfarro de los recursos públicos.

De que testamento se trataría entonces, si no de uno que procede lo mismo de un narcisismo insoportable que de un atajo de palabrería engañosa y demagógica o de su improcedencia jurídica y constitucional, tan propia de las autocracias.

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