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Israel y Palestina

Es la "y" lo que intento subrayar. Sí, esa conjunción copulativa que implica suma y que debe substituir a la "o" que incita a la exclusión. "O tú o yo". Dado que se trata de dos naciones en un pequeño territorio, cualquier solución de largo alcance requiere del reconocimiento previo de esa realidad que solo los fundamentalistas o los ciegos pueden querer exorcizar. No "Palestina o Israel", porque eso implica la no aceptación ya no digamos de los derechos de los otros, sino de su existencia. Un estado palestino y seguridad para Israel podría y debería ser el desenlace de un conflicto que a lo largo de las décadas ha sembrado demasiadas víctimas y un odio rancio.

El gobierno israelí, con los bombardeos e invasión de Gaza, no solo está causando una enorme pérdida de vidas y una destrucción material de grandes proporciones, sino que ello incuba y expande aún más el resentimiento y el rencor, lo que puede acabar robusteciendo a Hamas. Por su parte, la política de Hamas de no reconocimiento del estado de Israel y sus reiterados lanzamientos de cohetes de manera indiscriminada, solo inflama la preocupación por la seguridad de la población civil, y alimentan la adhesión a las políticas más beligerantes dentro del espectro israelí.

Como suele decirse, los extremos se fortalecen unos a otros. Las mejores razones del extremismo palestino las proporciona una ofensiva que, al parecer, no puede discriminar con claridad entre objetivos militares y civiles; mientras el extremismo israelí se alimenta de los pregones integristas que claman por la destrucción del estado judío. Unos y otros parece que hacen lo que desean sus más intensos enemigos, echándole fuego a una hoguera ya de por sí hirviente.

En esa situación, las voces "moderadas" son las que difícilmente se pueden abrir espacio porque no encuentran el clima propicio para darle viabilidad a sus iniciativas. En la espiral de intransigencias, los extremos siempre encontrarán evidencia de sobra de las atrocidades del enemigo, lo que supuestamente las legitima para continuar con su estrategia guerrera. A pesar de ello, y más allá de la coyuntura, son las expresiones de aquellos que reconocen los derechos de sus adversarios, las únicas que quizá puedan ofrecer una solución que no implique ni el avasallamiento y menos la imposible (espero) aniquilación de los contrarios.

Contra lo que los integristas proclaman, que bien podría leerse como un "juego de suma cero", "o tú o yo", y que suponen que las pérdidas de su enemigo son de manera mecánica triunfos propios; la única salida viable es la de romper esa lógica. Entre otras cosas, porque no se trata de una guerra convencional sino -viendo a futuro- de la necesaria coexistencia -hasta ahora más que tensionada, asimétrica y conflictiva- de dos naciones en un espacio del que solamente algún pirado puede pretender desterrar a unos u otros. De tal suerte que sólo mutando la intransigencia por transigencia y la negativa a hacer concesiones (porque, se piensa, no son más que síntomas de debilidad que el otro aprovechará), por una política que se ponga en los zapatos del otro, puede eventualmente construirse un tablero donde todos ganen, en vez de una circunstancia en la que todos pierden (aunque en diversos grados y rangos). Lo anterior es fácil de escribir pero más que espinoso de construir, dado que es más sencillo avivar una espiral de desencuentros que de encuentros. Para lo primero solo se requiere mantenerse impermeable a los reclamos del contrario.

El lenguaje popular lo dice de mejor manera: "más vale un mal arreglo que un buen pleito". El dicho supone que en el "mal arreglo" nadie logrará todas sus aspiraciones, pero que a cambio cesará el conflicto y que eventualmente los enfrentados pueden iniciar una ruta de colaboración. El "buen pleito", por el contrario, puede ser eterno, de tal manera que su sola existencia acabe desgastando y degradando a los pleitistas.

Si las soluciones se pudieran diseñar en un laboratorio, las dos naciones podrían convivir en un estado binacional laico. Pero la historia de agravios recientes y de odios encendidos, reclama, por lo pronto, un acuerdo realista, que hasta donde se alcanza a ver, no puede ser otro más que el de la edificación de dos estados colindantes que se reconozcan mutuamente y que a lo mejor entonces inician fórmulas de colaboración capaces de revertir la espiral de sangre. Compromisos, sí, aunque sea solo porque no es posible (y mucho menos deseable) un triunfo absoluto.

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