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Opinión

Pierre Teilhard de Chardin, el jesuita

POR AUMENTO Y DISMINUCIÓN

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Por Alexander Quiñónez

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Por más formación, capacidades o recursos con que un individuo o sociedad cuenten, poca duda cabede que en ocasiones ni las personas, ni las naciones, saben a ciencia cierta a dónde dirigirse, qué rumbo tomar. Es como si faltara un escalón más de conciencia, un hecho, idea o persona que diera, pues, el tono sobre las cosas. Pensando todavía algo de eso, pasaba hace días por el Edificio Central de la UAS cuando vi una ofrenda floral en el cenotafio de aquellos estudiantes asesinados en 1972, a la entrada del inmueble. Justo sobre eso me contaba hace par de meses ese sinaloense preclaro y hombre brillante del teatro que es el maestro Sergio López Sánchez cómo, cuándo se velaba a los estudiantes muertos,los restantes no sabían qué hacer,no tenían claridad sobre si el momento era de duelo, o de protesta o de qué, no sabían el actuar que debía regir su proceder, no lo sabían hasta que llegaronal velorio la profesora Luz López Meza y sus hermanas, todas vestidas de completo luto, pues el hecho era una tragedia y como eso se le debía tratar.

Aunque el maestro cuenta el hecho mucho mejor, hago cita de la anécdota para recalcar mi punto sobre que a veces las personas y la humanidad misma necesitan ‘ajustar el lente’, tomar claridad. Y por ello, y porque el 10 de abril fue su aniversario luctuoso, hablaré del padre Pierre Teilhard de Chardin, un jesuita muy singular. Pierre Teilhard de Chardin nació en Francia, en 1881, y falleció en Nueva York, en 1955. A pesar de las ideas rectoras de su tiempo y sin dejar de tener el mayor respeto en su servicio como sacerdote católicoy como jesuita, se las arregló para vivir una vida en la que igual fue héroe en el frente de la Primera Guerra Mundial, estudió tres licenciaturas en ciencias naturales en La Sorbona y publicó escritos tanto de ciencia,filosofía y teología, con los que sigue influenciando la cultura moderna.Por sus ideas algunos lo acusaron de panteísta y la Iglesia Católica condenó sus escritospor manejar ideas evolucionistas y negar el pecado original, así que por los años 20’s la Compañía de Jesús le aplicó medidas disciplinarias y el padre Pierre acabó por ser enviado a China, donde por alguna ‘danza de la realidad’ terminó por ser parte del grupo que descubrió el Sinanthropus u hombre de Pekín –hoy Homo erectus pekinensis- que era un ser fabricante de herramientas de piedra y que manipulaba el fuego, hace ya medio millón de años.Vale decir que el descubrimiento fue uno de los aportes científicos más importantes del siglo XX, pues era algo así como casi el ‘eslabón perdido’.  El padre Teilhard era un adelantado a su tiempo, alguien para quien cada ser va cambiando y evolucionando a cada instante de manera similar al continuum de cambios que experimenta el planeta y el universo mismo. Por ello su pensamiento, -su mirada-, va sobre que el humano se vaya construyendo hasta llegar a un estadio de perfección que él llama el Punto Omega, en el que todo lo existente toma conciencia de su existir y esa conciencia colectiva total se vuelve una en Cristo. Y eso, aunque a la vez que sacerdote tenga fósiles que han recibido su nombre, no le suponía ninguna paradoja, pues en su formación sacerdotal había estudiado el cómo Dios esta y actúa en todas las cosas, eso lo asimiló desde muy joven en los bellísimos Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola. Pierre Teilhard de Chardin era un místico en el sentido de que con pensamiento e intuición iba más allá de lo físicamente visible y establecido, de una manera bastante paralela a esa idea de San Juan de la Cruz de que la fe es el medio de unión del alma con Dios; sus trabajos, junto con los de otros teólogos, como el cardenal Henri de Lubac, fueron una aportación de gran valía en el Concilio Vaticano II. Y más recientemente Su santidad el Papa Francisco hace cita de Teilhard de Chardin en su Encíclica Laudato si’, de 2015, especialmente cuando habla de que “fin de la marcha del universo está en la plenitud de Dios, que ya ha sido alcanzada por Cristo resucitado”.


Este pionero en el análisis de la biología evolutiva a la luz de la fe creía que cuando el ser humano se comprende realmente a sí mismo llega a entender que es parte de una misma creación; para él la evolución tenía sentido en tanto a que ayudaba a revelar más sobre la creación y por tanto, a revelar más sobre Dios; su pensamiento se ha definido como una síntesis entre ciencia, fe, espiritualidad, misticismo, y conocimientos, conjugados como complementos que dan una claridad que puede ayudar de manera clave a hacer balance entre el pasado y el futuro de lo humano, sobre todo en tiempos como los actuales, de tanto individualismo y aislamiento.


Conocí de este singular sacerdote hace añales por una cita en un libro sobre jesuitas de Sinaloa, pero fue en 2017, al ver El corazón de la materia, cuando me fasciné por su vida y obra con unafascinación que no ha cesado. En una de las varias veces que vi la puesta en escena en Ciudad de México (vivía muy cerca) unas religiosas estaban a la salida y se veían muy conmovidas. La mayor de ellas me contó que en los años 70’s su superiora le había quemado un libro de sus cartas y el ver la obra le había recordado cómo nuevas ideas,poco a poco, pero por fin, van llegando a la Iglesia, que desde 1962 tiene un monitum(advertencia) sobre su obra y por el que me ven feo cuando busco sus escritos en librerías católicas. Hace unos meses se le dio una carta al Papa Francisco para considerar retirar dicha advertencia sobre su obra, pero mientras, como decía Isaac Asimov, “a las ideas les cuesta morir”, y la potencia del pensamiento de este científico y sacerdote, el ‘Indiana Jones clerical’, como lo llamó un matemático, sigue siendo un elemento para generar soluciones incluso para tiempos tan convulsos como los nuestros.

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