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Joel el iracundo

PORTARRETRATO

Joel Ortega cayó en desgracia en 2008, y cinco años después pretendió revertir un sexenio de ostracismo y comenzar, en una serie de actos quijotescos, un regreso sonoro a la vida pública, como el guardián de la buena moral, salvador de la ciudad de México y velador de los intereses ciudadanos. Sin embargo, no hay muchos agradecimientos para Ortega en estos días, sino extrañeza de cómo se peleó con tantas personas en tan poco tiempo, y sigue aún en el cargo que le dieron como consuelo –para sus aspiraciones–: director del Metro.

Ortega, una figura política importante, pasó en 2008 por la guillotina del entonces jefe de gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, luego que 12 personas fallecieron durante un operativo policíaco en un bar llamado News Divine. Ortega era el secretario de Seguridad Pública, y sus policías realizaron una acción para impedir la venta de droga y alcohol a menores de edad, que fue mal planeada. En desgracia pública, lo relegaron totalmente.

Cuatro años después, el candidato al gobierno del Distrito Federal, Miguel Ángel Mancera, lo invitó como coordinador de su campaña. Mensaje claro para Ebrard, a quien no le gustó el nombramiento. Mancera lo invitó cuando estaba naufragando en su intento por revivir mediante una asociación política que nunca prendió, y cuando se incorporó a la campaña asumía –según se desprendía de sus comentarios en privado–, que había sido integrado a ese equipo porque era quien tenía oficio, experiencia y conocimiento de la ciudad. No fue raro, por tanto, que las tensiones en el círculo interno de Mancera comenzaran temprano en la campaña.

Pero no importó para Ortega, quien al ganar Mancera se consideraba como el hombre natural a ocupar la Secretaría de Gobierno capitalina, y ser él quien manejara la vida política de la ciudad. No aceptaría ningún otro cargo, decía al oído de quien lo escuchara, pero cuando se acercaba la toma de posesión de Mancera y ni siquiera lo había recibido para platicar seriamente sobre su futuro inmediato, no podía ocultar sus nervios. Retumbaba aquella afirmación de que no aceptaría nada salvo ser el número dos en el gobierno, cuando casi en vísperas de arrancar la nueva administración, aceptó a regañadientes ser director del Metro.

Puesto muy importante, estratégico para la movilidad capitalina, era un cargo muy inferior al que pensaba merecía. Comenzó rápidamente a pelearse. Su primer encontronazo fue con el líder del sindical del Metro, Fernando Espino, un político priista que fue llamado a la oficina de Ortega para que el nuevo director le leyera las nuevas reglas del juego: ni plazas de confianza, como las cientos que le habían dado sus antecesores, ni privilegios dentro de las estaciones del Metro. Espino le reviró en un choque narrado por cercanos a los dos tiempo después, que ni sabía del Metro, ni tenía idea de cómo administrarlo. A priori se descalificaron y comenzó una guerra en los medios: Ortega proporcionando información tergiversada sobre los privilegios; Espino entregando fotografías y documentos sobre la mala administración de su adversario. Midieron sus fuerzas y Ortega, al no poder con él, se replegó.

Poco después entró al segundo round. Esta vez fue con Issa Corporativo, que desde el gobierno de Ebrard tenía un contrato de exclusividad por 10 años para hacer toda la comercialización dentro del Metro. "Voy a meterlos en la cárcel", dijo una vez Ortega al referirse a sus accionistas. Se quedó en palabras y desplegados de prensa, que no pasaron el nivel mediático porque nunca encontró ilegalidad en los contratos. No eran legítimos, se quejaba, pero eso nunca ha estado tipificado como delito. Ortega, molesto por la derrota, se replegó una vez más.

En diciembre decidió que el Metro necesitaba dinero y anunció que aumentaría de 3 a 5 pesos el boleto. Cuando creció la oposición, dijo que haría una encuesta para ver qué pensaban los usuarios. Ortega no tenía la autorización de Mancera, pero poco le importó. La encuesta preguntaba que si a cambio de mejor servicio y limpiar de vendedores ambulantes los vagones, aceptarían el incremento de tarifa. La mayoría dijo que sí y la aumentó. Las promesas de Ortega nunca se cumplieron, pero dio origen a un desequilibrio social en la ciudad que dio origen a un movimiento llamado "#posmesalto", donde activistas y ciudadanos coincidieron en actos de rebeldía para no pagar el servicio. La respuesta de Ortega fue peor.

Ortega siguió en fuga hacia delante. Poco tiempo después, en un contrasentido, anunció que la Línea 12 del Metro, la gran obra del gobierno de Ebrard, estaba mal hecha y tendría que suspender parcialmente la operación en esa ruta por la que viajan diariamente medio millón de pasajeros.

Ortega volvió a pelearse. Directo contra Ebrard, a quien le echó encima toda la responsabilidad de la obra. Al consorcio conformado por ICA, Alstom y Carso, propiedad de Carlos Slim, el empresario que más ha hecho por la ciudad de México, que más impuestos paga a la capital, que más empleo provee –fuera del gobierno– en el Distrito Federal, y que lleva más de un cuarto de siglo colaborando con los gobiernos locales para la recuperación de las zonas históricas y deprimidas.

La saña con la que se fue contra Ebrard llevó a muchos a decir que era un asunto personal. Ortega nunca se preocupó de desmentir que todo el conflicto que desató, era un ajuste de cuentas por la destitución tras la tragedia del News Divine. Tampoco se preocupó de prepararse para la contraofensiva del ex jefe de gobierno, que, en privado, no entendía porqué Mancera le creía todo lo que le decía sobre la Línea 12. La respuesta vino: Ortega, al haber recibido una línea llena de irregularidades, era corresponsable de lo que acusaba.

Ortega, pese a admitir que la recibió sin terminar y con fallas, se ha justificado con el argumento que era para no afectar el transporte, que al final se colapsó en esa línea. Pero él se siente bien y exitoso. Tanto que está haciendo trascender en los medios que después de haber recuperado para la ciudad la Línea 12, será nombrado nuevo secretario de Gobierno. Primera noticia para el actual titular, Héctor Serrano. Y sorpresa debe ser también para Mancera.

Una idea que cada vez se incuba más en sectores políticos y empresariales es que Ortega volvió a fracasar como funcionario y genera muchos más conflictos que soluciones en su trabajo. Por tanto, no puede permanecer mucho tiempo más, sino irse. Él no da muestras de darse cuenta del mal ánimo creciente en su contra, y aún no se repliega como en otras ocasiones, aunque quizás en esta ocasión su destino sea que lo replieguen, o para evitar eufemismos, que lo despidan.

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