Opinión

García Luna: historias de justicia y poder

RAZONES

Por  Jorge Fernández Menéndez

Dadme dos líneas escritas de puño y letra por el hombre más honrado, y encontraré en ellas motivo para hacerlo encarcelar.
Cardenal Richelieu

El poder y la justicia no suelen llevarse bien, son factores distintos que involucran motivaciones diferentes. Por eso cuando se habla del gobierno de los jueces, lo que se termina imponiendo es, primero, la ingobernabilidad, y luego el endurecimiento del régimen político. El mejor ejemplo lo tenemos en Brasil, donde el juez emblamático de esa justicia política, Sergio Moro, el mismo que mandó a la cárcel nada menos que al expresidente Lula da Silva, destituyó a la presidenta Dilma Rousseff y enjuició a buen parte de la clase política de ese país, terminó siendo un cuestionado ministro de Justicia del muy derechista gobierno de Jair Bolssonaro, que usó a ese juez y todo el entramado que él construyó, para apuntalar su candidatura y llegar a la presidencia de Brasil.

En nuestro caso, la bizarra investigación de Pablo Chapa Bezanilla sobre los casos Posadas, Colosio y Ruiz Massieu inició con detenciones espectaculares, incluyendo la de Raúl Salinas, y terminó con la utilización de brujas, videntes, y cadáveres sembrados por la propia investigación. 

Sinceramente es imposible saber si la visita de William Burr, el fiscal general de los Estados Unidos, tuvo relación con la detención días después, en Dallas, de Genaro García Luna. Es difícil pensar que una orden expedida el 4 de diciembre (Burr llegó el 5 en la mañana a México) se concrete hasta el día 9 en la noche, cuando García Luna estaba en un domicilio conocido. La detención en sí misma es incomprensible, en la propia lógica estadounidense. El exsecretario de Seguridad dejó su cargo hace siete años, mismos en los que vivió en Estados Unidos trabajando con las agencias de seguridad de ese país. Como escribió ayer Carlos Marín, no deja de asombrar que “las autoridades estadounidenses repararon apenas ayer en que desde hace siete años tenían avecindado a un sujeto que en 2011 fue condecorado por la DEA en la Cumbre Mundial Antidrogas. O que durante una semana, a mediados de enero de 2012, fue apapachado por la directora de esa agencia, Michelle Leonhart, en su Comando Central; por el de la CIA, el general David Petraeus; la titular de la Agencia de Seguridad Nacional, Janet Napolitano; del FBI, Robert Muller y, en la Casa Blanca, por el zar antidrogas, Gil Kerliskowske, y hasta el fiscal general, Eric Holder, le ofreció un almuerzo en su oficina”.

Ya de regreso en México, García Luna montó una empresa de seguridad que contaba con equipos que gozaban de una patente exclusiva para estadounidenses (había tramitado esa nacionalidad y se le había dado, en cuanto dejó el gobierno en México, una de las llamadas visa Einstein) que sólo se entregaban bajo supervisión de las agencias de seguridad de ese país. ¿En todos esos años nunca repararon en si sus ingresos eran legales o si tenía relación con narcotráficantes? Los testimonios del acusador, Jesús Zambada, se hicieron públicos en el juicio del Chapo pero la fiscalía los conocía desde que años atrás, cuando se convirtió en testigo colaborador.

La acusación en sí misma, por lo menos lo que se conoce hasta ahora, es inverosímil. ¿Encuentros personal en un restuarante entre un jefe de la policía y un capo del narco buscado en todo el país, en el que éste le entrega cinco millones de dólares en efectivo y luego tres millones? ¿Alguno de los acusadores saben cuánto espacio ocupan 50 mil o 30 mil billetes de cien dólares? ¿Y para qué en efectivo? ¿No conocían las transferencias a paraisos fiscales? Más inverosímil es que se les dé, sin más, fe a la palabra de los mismos narcotraficantes que fueron detenidos por ese jefe policial.

Insisto en un punto, nadie pone las manos en el fuego por nadie. Si el fiscal Donoghue presentan pruebas diferentes a los dichos de esos narcotraficantes, si exhibe pruebas materiales de la presunta corrupción de García Luna, estaremos en un escenario completamente diferente. Pero con lo que se conoce hasta ahora, la acusación parece, por lo menos,  inverosímil. 

PARTIDOS Y TMEC 
Durante la firma del TMEC en Palacio Nacional se dio uno de los mayores gestos políticos del último año. Ricardo Monreal logró llevar y sentar en primera fila, avalando lo acordado, a todos los coordinadores parlamentarios de los partidos de oposición en el Senado. Era la primera vez que se veían frente a frente el presidente López Obrador con los senadores Miguel Osorio, Miguel Mancera y Mauricio Kuri, entre otros. No había ocurrido y fue lo que le dio a la firma del TMEC el sentido de Estado que requería. Enhorabuena.

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