Opinión

Llano San Juan y Santa Lucía, aeropuertos inútiles

RAZONES

Por  Jorge Fernández Menéndez

¿Qué sentido tiene volver a escribir sobre el aeropuerto de Texcoco cuando ya el jefe de gabinete del presidente López Obrador, Alfonso Romo, su principal interlocutor ante los empresarios y en su momento un firme defensor de esa obra, ha declarado que a Texcoco no se le mueve ni un pelo y que lo que se construirá será el aeropuerto alterno de Santa Lucía? El presidente y sus funcionarios se han cansado de insistir en que no habrá obra en Texcoco. Han pagado miles de millones de dólares para cancelar bonos, han asumido indemnizaciones con las empresas constructoras e inversionistas, han visto como cayó la confianza empresarial y no se han movido ni un milímetro: no habrá aeropuerto en Texcoco. Y no conformes con ello han decidido inundar las obras, para crear un parque ecológico acuático donde, como bien señaló ayer Carlos Marín en Milenio, sólo existía un terreno salitroso con pozos de agua fermentada.

Lo que se intenta hacer es borrar toda huella de ese aeropuerto que estaba terminado en poco más de un tercio, que estaba financiado en su totalidad y que era parte de un proyecto turístico y de infraestructura como no tiene otro el país. No vaya a ser que el día de mañana, ante el fracaso anunciado del sistema de AICM-Santa Lucía-Toluca (porque simplemente no permitirá incrementar significativamente la frecuencia de vuelos ni el transporte de pasajeros, si es que algún día el proyecto como tal puede despegar) alguien decida retomar las obras ahora canceladas en Texcoco y exhiba a las actuales autoridades.

Es difícil recordar, en el ámbito de la infraestructura, errores equivalentes al cometido cancelando esa obra. Claro que ha habido errores y actos de corrupción notables en muchas obras. Pero lo que ocurre con Santa Lucía recuerda mucho más otra historia, la del aeropuerto del Llano de San Juan, en el municipio de Ocozocuautla, a unos treinta kilómetros al oeste de Tuxtla, en Chiapas.

Ese aeropuerto fue inaugurado con toda pompa por el gobernador Juan Sabines Gutiérrez a principios de los 80. Sólo operó hasta 1998, con intermitencia, cerrado la mayoría de los días, porque su ubicación, decidida durante la administración de Manuel Velasco Suárez, fue simplemente un capricho de ese gobernador, realizado contra todas las indicaciones de los especialistas y seguramente impulsada por el hecho de que los terrenos donde se contruyó el aeropuerto eran en la mayoría de su propiedad o de su familia. 

Nunca funcionó porque, como en Santa Lucía, casi todas las mañanas las pistas estaban cubiertas de bancos de niebla, como lo habían señalado los dictámenes técnicos en contra de ese emplazamiento. Terminó siendo cerrado. Se improvisó otro aeropuerto en la base militar de Terán que funcionó, también con enormes limitaciones, hasta el 2006 cuando se terminó de construir otro aeropuerto, el tercero en 25 años, en Chiapa de Corzo.

En el camino se construyó otro aeropuerto en San Cristóbal que también fue cerrado. Su historia es similar al de Llano San Juan: construido con una inversión superior a 200 millones de pesos de mediados del 90, terminó invadido y su edificio terminal saqueado por habitantes de comunidades aledañas, que reclaman los terrenos para uso agrícola. El aeropuerto, que nunca funcionó, fue abandonado en julio de 2010, cuando se dijo que había grietas y cavernas que ponían en riesgo la seguridad de aeronaves y pasajeros.

Santa Lucía va en esa ruta. No se trata de que los ingenieros militares encargados de su construcción no puedan hacerlo. Por supuesto que están capacitados para levantarlo, pero el lugar no es el idóneo, no existe un proyecto estratégico porque ni siquiera la empresa francesa a la que se lo han encargado lo ha entregado, no permite aumentar significativamente el tráfico aéreo, creará conflictos en las rutas de aproximación y despegue con el actual de la Ciudad de México, notoriamente saturado, y no se han terminado de comprar siquiera las tierras de los ejidos circundantes. No hablemos de las rutas de comunicación entre los dos aeropuertos, inexistentes al día de hoy. Construir en Santa Lucía una suerte de terminal remota del actual aeropuerto capitalino es un sinsentido, es repetir Llano San Juan. Inundar las obras de Texcoco para que nadie en el futuro pueda demostrar que, como ocurrió con aquellos aeropuertos chiapanecos, los gobiernos se equivocaron por necedad o simple codicia, es la confirmación del error.