Opinión

La fragilidad de un juego hecho deporte

RINCÓN BEISBOLERO

Por  José Carlos Campos

Memorias. Nosotros formamos parte de una generación a la que le tocó gozar de juegos que, más de las veces, no necesitaban más infraestructura que pasto, tierra y cuando más una calle mal iluminada y sin tanto tráfico. Para todo había temporadas: canicas, yoyo, balero, futbol y por supuesto que beisbol, necesitando para este último que alguien consiguiera unos calcetines viejos o un trapo en desuso. Que si todo era improvisación e informal, existía cierta seriedad que obligaba a cumplir protocolos. Que si a las canicas, “no meta hueso”, “no pida raya”, “no meto bonchi” y “mido cuarta” como reglas básicas. El “chiras pelas” bien ganado, nadie que lo reclamara. No era diferente en los demás juegos: que si todo rústico, todo debía ser derecho. Quien incumplía con tales mandamientos factuales, se exponía a pagar el precio, ser expulsado del grupo, ser reconocido como tramposo y por lo tanto, desfilar como “apestado” por aquellos grupos sociales en donde la frase común era “todo es entre amigos”. De aquel entonces al presente, mucho ha cambiado todo, desde los juegos que se acostumbraban hasta la extinción de aquellas calles de poco tráfico, los espacios arbolados hoy hechos coles de concreto y tal parece que hasta la urbanidad a que obligaban las competencias. El beisbol, por ejemplo, atraviesa hoy por uno de los peores momentos de su historia. Alguien le ha puesto una piedra en el centro del calcetín zurcido.

Vorágine. De repente, las Grandes Ligas patearon lo que ha resultado un gran avispero, la bomba estalló haciendo que se revele que se violaron los códigos de esa urbanidad que se le suponen a un juego hecho deporte. Robo de señales como pecado venial y que ya cuesta la excomunión deportiva a algunos de sus integrantes. Van y vienen ahora, en cascada, acusaciones individualizadas, en mucho ayuda que la tecnología sea tanta que hasta se inventen trucos casi de magia y que en conexión con eso, comentarios banales en redes sociales sean dogmas que se deban asumir. Después de Aj Hinch y Jeff Lunhow, ya botaron a Álex Cora y a Carlos Beltrán, puede que al rato los veten. Pero en todo esto queda el resabio de que son ciertos los ciclos: el beisbol perdió cuando los Medias Negras de 1919, cuando la infamante era de los Esteroides y ahora esté el escándalo del robo de señales. En su tumba, los pioneros se estarán revolcando. Los grandes de toda la historia estarán viendo, tal vez asombrados, en lo que se ha convertido el/su gran pasatiempo. Tal vez, desde alguna parte, Ruth, Cobb, Dimaggio, Mantle, Clemente, Gwynn y un largo etcétera se estarán lamentando. ¿Qué se ha hecho de este deporte que ilusionaba y maravillaba cuando se hablaba de integridad? ¿Qué vendrá después en este juego, hecho deporte, que varios aprendieron a practicar con un palo de escoba y una pelota hecha de trapo? Y no, Rob Manfred no será el salvador.

Secuelas. Mientras tanto, en el futbol se descubre que uno de sus integrantes en México resultó positivo en el antidoping, dando pie para que no pocos se subieran al tren partiendo, nuevamente, del “se ha dicho” y no del “me consta” investigado en el beisbol nacional. Por un lado, el sector de los que reclaman que “haya sangre”, exigiendo que se den a conocer los nombres de los peloteros que han arrojado positivo, cual si fuera un detalle para el libro de sus memorias. Ya aquí platicamos como en la 2019-2020, en la LMP, dos peloteros dieron positivo, perdieron su trabajo, fueron boletinados ante los demás clubes y ligas invernales. ¿Agregar entonces su nombre para que el escarnio sea mayor? Y por el otro lado, los oportunistas de siempre montados en las líneas del amarillismo, firmes en la creencia de que “no hay antidoping” en la LMP con todo y que reiteradamente les han revocado la teoría que mantienen en aras de preservar el morbo que sirve como trinchera de la profesión. Estos son los días que vive nuestro deporte. 

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