Opinión

Democracia, ¿el camino correcto?

SOCIEDAD Y DERECHO

Por  Juan Bautista Lizárraga Motta

El origen etimológico de la palabra “democracia” proviene de los vocablos griegos “demos”, que significa “personas”, y “kratos” “poder”: “el poder del pueblo”.

La democracia es una forma de organización del Estado en la cual las decisiones colectivas son adoptadas por el pueblo mediante mecanismos de participación ciudadana que confieren legitimidad a sus representantes.

Constituye un ideal que busca la libertad y la igualdad de los seres humanos, el cual pretende hacerse efectivo a través de un conjunto de normas e instituciones específicas, dando origen así a los sistemas políticos democráticos.

El origen de su práctica se remonta a la Antigua Grecia, organizada en ciudades-estados a las cuales se les denominaba “polis”.

Para Aristóteles, la democracia se fundamentaba en la idea de que si los hombres son iguales en cualquier aspecto, lo serán en todos, por lo que tienen los mismos derechos y valor en la toma de decisiones que los atañe.

En la democracia moderna, los ciudadanos ejercen el poder político a través de sus representantes, elegidos mediante el voto, en elecciones libres y periódicas, por lo cual la actividad del Estado y la toma de decisiones, en teoría, expresan la voluntad política que el pueblo ha hecho recaer sobre sus dirigentes. Este es el sistema de Gobierno más practicado en el mundo.

Sin embargo, en sus orígenes, en la Antigua Grecia, la democracia era practicada de forma directa o pura, es decir, la ejercían directamente los mismos ciudadanos, sin intermediación de representantes, ellos eran quienes participaban directamente en la toma de decisiones de carácter político.

La idea central en torno a la cual gira la democracia es que, al expresar la genuina voluntad de la mayoría del pueblo, sus decisiones y actuaciones son legítimas y, por tanto, más justas y correctas. Pero, ¿será realmente así?

En la historia tenemos ejemplos sobre decisiones democráticas bastante cuestionables, siendo el más trascendente, sin duda, la condena impuesta a Jesucristo.

Durante su juicio, Pilato, no obstante que buscaba la manera de poner en libertad a Jesús, al considerarlo inocente del delito que se le imputaba, se vio impedido para hacerlo debido a las presiones de los judíos, entre los que se encontraban los sumos sacerdotes, quienes eran los dirigentes del pueblo, le gritaban: “Si pones en libertad a este, no eres amigo de César. Todo el que se hace rey habla contra César” (Juan 19:12).

Tiberio, el emperador romano de aquel tiempo, tenía la fama de asesinar a todo el que considerara infiel, aun si se trataba de un oficial de alto rango. Como Pilato ya había provocado la ira de los judíos, no podía arriesgarse a empeorar las cosas, y mucho menos a que lo acusaran de traidor.

Los gritos de la muchedumbre suponían una amenaza para Pilato, un chantaje que le infundió miedo, de modo que cedió a la presión e hizo que Jesús, un hombre inocente, fuera fijado en un madero (Juan 19:16).

“… Caifás, el sumo sacerdote, le preguntó a Jesús: ‘¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?’. A lo que Jesús contestó: ‘Lo soy; y ustedes verán al Hijo del hombre sentado a la diestra del poder de Dios y viniendo con las nubes del cielo’”. Los sacerdotes interpretaron esta respuesta como una blasfemia, “y todos ellos lo condenaron, declarándolo ser digno de muerte” (Marcos 14:61-64).

No cabe la menor duda de que la decisión de condenar a muerte a Jesús es una genuina expresión de los legítimos representantes del pueblo judío, apoyada además por la avasalladora aceptación de los ciudadanos que estaban presentes, pero ¿el que haya sido una decisión democrática la hace justa o correcta? ¿En ese caso específico habría sido justificable que Pilato se hubiera impuesto sobre la decisión de la mayoría y salvara a Jesús?

Considerar lo anterior significaría que el ejercicio democrático admitiera restricciones y controles, para que en casos muy específicos consintiera su sometimiento a la decisión de unos cuantos.

Planteado así, sería imposible siquiera pensar en permitir que se limite la democracia, sin embargo, de seguro muchos lo hubieran preferido con tal de salvar al hijo de Dios.

Las interrogantes inevitablemente invitan a reflexionar respecto al caso mexicano, en el cual, sin duda, nuestro Gobierno actual fue el resultado de un ejercicio democrático genuino y legítimo que expresó la voluntad de la mayoría de los ciudadanos, sin embargo, se ha visto en la práctica, fundamentado en información oficial, una preocupante ausencia de profesionalismos de la función pública, ocasionado sobre todo por un importante número de servidores públicos de elección popular sin preparación, lo que ha propiciado una serie de toma de decisiones muy cuestionables, con graves consecuencias, tanto en el contexto económico, como en el político y social, en un claro detrimento del almenaje social.

Como siempre, un placer saludarlo, esperando que estas pocas letras hayan sido de su agrado y, sobre todo, de utilidad. ¡Hasta la próxima!