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Opinión

Juan L. Paliza

Por: Marco Antonio Berrelleza

Cuando Lázaro Cárdenas llegó al poder quiso limpiar de callistas al país. El 16 de abril de 1935 expulsó del país a Plutarco Elías Calles por interferir en la política nacional. El 16 de diciembre de 1935 tocó el turno al gobernador de Sinaloa, profesor Manuel Páez.

Ese día, la Cámara de Senadores acordó que “los poderes del Estado de Sinaloa son responsables de violaciones a la Constitución General y a la Local”, declarándose, por lo tanto, desaparecidos los poderes del Estado.

Páez no gozaba de las simpatías de los rosalinos. Había expulsado del estado a Juan L. Paliza, catedrático del Colegio Civil Rosales, por haberle gritado durante su informe de gobierno en el Congreso del Estado que las millonarias cantidades que mencionaba se habían invertido en obras de la comunidad, el mandatario las había gastado jugando a los albures en el casino que en Tijuana tenía el general Abelardo Rodríguez.

El 18 de septiembre de 1935, el doctor Díaz Angulo lo cesó de las cátedras. Poco después, el ingeniero Paliza partió a la Ciudad de México. Jamás regresó al Colegio de sus amores.

Hijo del doctor Ruperto L. Paliza, fue uno de los grandes catedráticos de la institución, poeta de grandes vuelos y humorista sin par que dejó coloridas estampas en el Culiacán de los treinta. Fue padre de dos de mis grandes amigos, Héctor y Alfonso Paliza, prominentes periodistas.