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La Chata y Calzzapato, producto de dos empresas con iniciativa familiar

HISTORIAS Y AVENTURAS

Extrañas cosas ocurren al interior de la Iglesia Católica, la más extensa sobre la faz de la Tierra; en Culiacán está dividida, y el ejemplo que da al ferviente es sumamente negativo. Viene su decadencia.

Muchas negociaciones de éxito, convertidas hoy en grandes empresas, han surgido del núcleo familiar producto del tesonero trabajo y de saber y querer hacer bien las cosas, con cauteloso cuidado, con esmerado interés y, sobre todo, con mucho amor a la camiseta.

Así es que tenemos a unos Coppel, Mercados Zaragoza, las tiendas Ley y EL DEBATE, entre muchos más que difícilmente podríamos mencionar, pero, en contraparte, otros han conducido su destino al fracaso, por razones difíciles de encontrar.

Hoy viene a nuestra mente el surgimiento de dos empresas, nacidas de la nada y transformadas en casos de éxito dignos de mencionar, pues lograron alcanzar la 'gloria'. Se trata de Chata y Calzzapato.

La primera la fundó Augusta Piña, una señora que, con un grupo de mujeres, se sentaba a dos nalgas en el patio de su casa, en la calle Escobedo, entre Morelos y Rubí, a producir tamales de puerco, chicharrones, carnitas y chilorio, que ahí mismo vendía entre sus vecinos.

De ahí nació la Chata, que es como a ella, de cariño, le apodaban, por la forma de su nariz. La historia es larga pero el espacio, corto… ¿Y Calzzapato?... La creó doña Evangelina López, mujer que trabajaba para las zapaterías Conchita y Princess, de moda en aquellos tiempos.

Y que luego se encharcó con los proveedores y se aventó de fiado con los fabricantes, a instalar La Principal en el pasaje oriente del mercado Garmendia, de donde, en complicidad con su esposo, Lamberto García Salazar, brotaron como agua del arroyo las hoy famosas Calzzapato, cargadas de vales para ofrecer huaraches, zapatos, zapatillas y tenis, a quien se deje... ¡Órale!...