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La Paz

Para Lucía Frausto.

Cuando Pável Granados y yo llegamos a La Paz ("el secreto mejor guardado de México") el sol estaba a punto de ocultarse. De inmediato nos dirigimos hacia la playa del hotel, nos quitamos los zapatos y nos recostamos en unas tumbonas como de los cincuenta. El espectáculo bañado en colores ámbar del mar bermejo era indescriptible. Por más que abría lo ojos no percibía ninguna ballena porque, como dijo Pável, ellas viven en el Pacífico y nosotros disfrutábamos en esos momentos, de la ensenada de La Paz. Al otro día por la tarde presentaríamos el libro Mi novia la Tristeza en el teatro de la ciudad de La Paz, organizado por el H. XIV Ayuntamiento.

Nunca imaginé que los paceños apreciaran tanto la música de Agustín Lara. El teatro se llenó (mil personas) y la gente coreaba sus canciones junto con el espléndido tenor Enrique Astorga. Pero tampoco imaginé cómo terminaría esa noche. Hacía mucho tiempo que no participaba en una noche bohemia tan cálida. Alrededor de una larga mesa se encontraban 20 invitados entre intelectuales, historiadores, poetas, músicos y cineastas, todos amigos de la licenciada Esthela Ponce, presidenta municipal (quien nos interpretó, con su guitarra, una canción de su autoría). Cada uno de ellos decía algo inteligente e interesante. Sentía palpitar allí, el corazón de la cultura sudcaliforniana. Cenamos, gracias al chef Jesús Chávez, quesadillas de curel, langosta con tortillas de harina, con frijol y arroz, todo esto acompañado del maravilloso licor de damiana. Se recitó poesía del libro Oleajes y celajes amorosos de María Estela Beltrán, se cantaron boleros de los cincuenta, se habló del político, militar y pensador Manuel Márquez nacido en Baja California Sur, de las misiones jesuitas, y de que Loreto fue la primer California; esa noche me enteré de Nuestra Belleza México 2013, representada por Josselyn Garciglia nacida en La Paz, Puerto de Ilusión; hablaron de sus pinturas rupestres, de la reina Calafia, de las comunidades francesas que se instalaron en El Triunfo y Santa Rosalía, de las fiestas que se celebrarán en mayo por los 479 años de que llegó Hernán Cortés a La Paz, de la vasta gastronomía donde destacan los tacos de pescado que se venden en el malecón. También se comentó que la llegada de las ballenas grises a las lagunas del estado se había incrementado en un 40%, sumando 10 mil ballenas aproximadamente cada año.

Pável y yo no nos queríamos despedir. Nos queríamos quedar en La Paz, donde todavía los sudcalifornianos se dan el lujo, bajo una enorme luna, de disfrutar de noches bohemias en absoluta paz y tranquilidad.

Tan bien la pasamos que, de inmediato, vino a mi memoria un recuerdo. Aquel que explica cómo y por qué Agustín Lara compuso una canción a María Félix.

Sobre las peñas de los cerros de Acapulco había entonces muchas iguanas, el animal favorito de María. No había toneladas de turistas, sino apenas una discreta población de visitantes. Ahí, María y Agustín se maravillaron con la Luna enorme que se pasea sobre el cielo de Acapulco. Ahí se veían las estrellitas y las olas columpiaban el cuerpo de Agustín como si fuera un pequeño barco al garete. Ahí se inspiró Agustín para componer su canción más famosa, la que le tocaban a María en cada lugar del mundo a donde llegaba. Dicen que algo que realmente la emocionaba era que, en el país en el que estuviera, al llegar a cenar, la orquesta interrumpía lo que estuviera tocando, para interpretar María bonita.

Agustín compuso esta canción como un regalo para María, con la intención de no darla a conocer. Sin embargo, un día en que el tenor Pedro Vargas los fue a visitar a su casa de Polanco, en la Ciudad de México, María le dijo: "Pedro, hay una canción del flaco que debes de conocer, me la compuso en Acapulco". A Pedro le fascinó tanto que le insistió mucho a Agustín para que lo dejara grabarla. Finalmente, Agustín decidió hacer un arreglo con su orquesta para que este gran tenor la pudiera cantar. Si algo tenía Pedro Vargas era una gran intuición de lo que le podía gustar al público, pues apenas la grabó, se convirtió en la canción más popular de 1946. Finalmente, nos preguntamos, ¿en qué playa de Acapulco habrá regalado esta canción el músico poeta a María? Nos inclinamos a pensar que en Caleta, pues en esta playa iban a comer, en esta playa les encantaba pasear durante las tardes, pero sobre todo porque esta playa es como el corazón de Acapulco, una pequeña playa que es la más nostálgica y la más representativa del viejo Acapulco.

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