Opinión

La comedia y la tragedia

Por: Guadalupe Loaeza

"¿Quiénes eran todos los Robin Williams?", se pregunta Richard Corliss, columnista del semanario Time, en su artículo intitulado: "Robin: el cómico que era Hamlet". El periodista evoca al actor desde su primera película Popeye y de su don para hablar en todos los idiomas y con todos los acentos, "cualquier lengua humana de mamífero o de alienígena". Robin era un artista "camaleónico, malabarista de varias personalidades". Seguramente, cargaba como una especie de lápida sobre sus hombros, todos sus personajes interpretados en decenas de películas. Un buen día, tal vez, se le vinieron encima, ocultando su verdadero ser y ya no pudo más. Quizá el único papel que le faltaba interpretar a Robin, era el de suicida. Algo me dice, y debido a sus adicciones al alcohol y la droga que tenía antes de ser actor, éste lo persiguió durante mucho tiempo.

En tratándose de actores tan entrañables como han sido los últimos tres suicidas: Heath Ledger, Philip Seymour Hoffman y Robin Williams, nos sacude doblemente. Después de haber visto y de habernos conmovido con tantas películas suyas, no podemos más que lamentarnos y sentir un hueco en el estómago al enterarnos que se quitaron la vida, cuando los creíamos inmortales, nos sentíamos cercanos a ellos y hasta soñábamos con sus personajes. Nos hicieron reír, llorar y hasta vibrar. Ahora, que apenas estamos digiriendo la muerte Philip Seymour Hoffman, nos tenemos que hacer a la idea de que Robin Williams ya no estará ni en las entregas de los Oscares, ni mucho menos en la pantalla. ¡Cuántos ángeles y demonios tienen los artistas, a los que solemos imaginar rodeados de glamour, riqueza pero sobre todo fama!

¿Por qué se suicidan más artistas hombres, que actrices? ¿Por qué lo hacen en la cúspide de su carrera? ¿Por qué si tienen el reconocimiento en todo el mundo, deciden partir de un día para otro? ¿Qué les hará Hollywood? Como dice Richard Corliss en relación a Robin Williams: "Todas las voces en la cabeza de este Hamlet cómico deben haberle dicho que era hora de guardar silencio. Todo lo demás es silencio". Robin intentó, primero, suicidarse cortándose las venas. No le funcionó. Le pareció más radical colgarse con el cinturón del marco de la puerta.

Por su parte, Philip Seymour Hoffman se suicidó con una sobredosis mezcla de cocaína y heroína, de nombre speedballing.

Heath Ledger también murió de una sobredosis de antidepresivos. Lo cual nos hace pensar que los tres estaban deprimidos. Los tres tenían hijos y los tres habían sido nominados al Oscar. Seymour Hoffman lo obtuvo por "Capote", Heath Ledger lo recibió de manera póstuma por su papel del "Joker" en Batman. Y a Robin Williams se lo dieron en 1997 por Good Will Hunting. Por ellos nos duele su muerte, es como si se hubieran ido tres amigos a quienes habíamos seguido en muchas etapas de su vida, de las cuales siempre aprendíamos algo. Por ejemplo en la película La sociedad de los poetas muertos, el maestro de los alumnos de la facultad, interpretado por Williams, nos enseñó el significado de carpe diem, es decir, "disfruta el momento".

La que no se suicidó, pero estaba muerta por dentro, fue Lauren Bacall quien muriera el martes en Nueva York y cuya mirada de joven era única. Ganó un Oscar honorífico por toda su carrera. Al hablar de Lauren no podemos dejar de hablar de Humphrey Bogart. Ambos formaron una de las parejas más populares, más admiradas y más queridas del público americano en la postguerra. Eran considerados como la pareja ideal, no solamente del cine, sino también de la vida real. Bogart no había tenido familia. Con Lauren tuvo dos hijos, Stephen y Leslie. Llevaban una vida plena y feliz, rodeados de sus buenos amigos, como Spencer Tracy, Katharine Hepburn, John Houston y los Hawks, entre otros muchos.

Yo la conocí. Nunca la hubiera conocido. La entrevisté en 1997 cuando vino a México para la película de Bernard-Henri Lévy, El día y la noche. La cita era en su "casa rodante", transformada en camerino. Me recibió de mala manera con una bata china. No quería contestar a mis preguntas. Se limitaba a decir "sí" y "no" de muy mala manera. Se veía triste y envejecida. Su mirada que antes había conquistado al mundo, se había endurecido. Después me contó su peinadora que trataba muy mal a los que trabajaban en la película, que le había tirado la charola al suelo con el desayuno, a la recamarera del hotel. Nadie la quería en el staff. Nadie la soportaba. Ni los otros actores. ¿Quién sabe qué tragedia le pasó a Lauren Bacall, pero no se suicidó, más que en vida.

Que descansen en paz.

gloaezatovar@yahoo.com