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La corrección política no es progreso

Hay una idea muy generalizada y peligrosa en el pensamiento occidental. Se llama progresismo unilineal y sostiene que la humanidad asciende siempre en línea recta: puesto que la ciencia y la tecnología avanzan, el bienestar material y moral del ser humano aumenta consistentemente a lo largo de la historia. Los optimistas que suscriben esta concepción del progreso —los hay de izquierda y de derecha— critican todo menos su propio determinismo. Para ellos las sociedades están destinadas a ser cada vez mejores.

El peligro de semejante creencia reside hoy en la aceptación de las tendencias globales. Una de ellas es la corrección política, que muy pocos cuestionan. El término, originalmente referido al uso del lenguaje y a la adopción de políticas públicas para contrarrestar la discriminación de grupos sociales vulnerables, abarca ahora un conjunto de valores ampliamente aceptados entre las nuevas generaciones e incluye mecanismos de condena mediática y castigo en las redes sociales a quienes no los profesen. Peor aún: el catálogo de lo políticamente incorrecto se ha distorsionado. El racismo, que antes ocupaba el primer lugar en la lista de lacras a combatir, hoy está muy por debajo de, por ejemplo, el maltrato a los animales. Yo aplaudo la voluntad de cuidar a todas las creaturas de la naturaleza pero —me santiguo al decirlo— sigo pensando que nuestra máxima prioridad debe ser el ser humano.

Para ser más específico me remito a ciertos escándalos que se han dado —y a otros que no se han dado— recientemente en México. Si el comercial del "Piojo" Herrera con un perico al hombro se hubiera criticado por su mal gusto me sumaría a la crítica, pero pedir que se retire porque supuestamente fomenta la comercialización de esa ave me parece un exceso. No percibí una reprobación similar cuando la empresa Catatonia pidió para un anuncio de Aeroméxico que no se presentara "nadie moreno" sino sólo personas con "look Polanco". Y me habría gustado que se desatara la misma energía social con que se condenaron las fotos de cacería de Lucero cuando se supo del niño mazateco discriminado en el Colegio La Salle, quien solía llegar a su casa con golpes e incluso fracturas producto de las agresiones de sus compañeros y la complicidad de sus maestras, o cuando hemos sabido de tantas otras historias de comportamiento racista contra indígenas o mestizos en este país.

Soy amante de los perros y sé que la defensa de los animales y la de las personas no son incompatibles. Pero veo, en la nueva escala axiológica de lo políticamente correcto, una mayor indignación frente a las corridas de toros que ante la injusticia que arroja a millones de mexicanos a la miseria. Ni siquiera el rostro más visible de esa desigualdad suscita una reacción tan inmediata y contundente. Puesto que en México hay una correlación entre raza y clase —mientras más definido el fenotipo caucásico mejor la posición social, y mientras más autóctona la apariencia mayor pobreza— la discriminación es doble. El clasismo y el racismo van de la mano. A menudo conocemos casos de gente que muere porque su condición socioétnica le impide recibir atención médica, y no protestamos con la misma vehemencia que cuando nos enteramos de que en un zoológico de Alemania mataron a una jirafa. ¿Esto significa que el ser humano se ha vuelto más sensible o quiere decir que la misantropía ha crecido?

La corrección política está creando un mundo más hipócrita y menos libre. Lo he dicho y lo sostengo: tras del triunfo de "la sociedad abierta" vivimos en una de las sociedades más cerradas de la historia. Una axiología hegemónica donde la justicia social es secundaria apunta a un nuevo pensamiento único, y si bien la discrepancia no lleva a la cárcel sí provoca el linchamiento en las redes o en los medios. ¿Eso es progreso?

Twitter: @abasave